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El papel del maestro en las crisis

Hace 155 años se fundó uno de los proyectos culturales y científicos más perdurables e importantes de nuestra rica historia como nación: la denominada, por aquel entonces, Universidad Nacional de los Estados Unidos de Colombia. Los intelectuales de mediados del siglo XIX la concibieron como una institución del Estado que permitiría a nuestra sociedad su crecimiento y maduración para consolidar un país libre y próspero. Para aquellos intelectuales, liberales radicales, la Universidad Nacional era, en esencia, el más importante instrumento de conocimiento, pensamiento crítico y formación ciudadana, que debía sembrar en cada colombiano formado en sus aulas la libertad buscada por todos en la lucha ardua de la Independencia.

Aquella institución requirió necesariamente de maestros con gran capacidad intelectual, formación disciplinar y, por sobre todo, vocación de enseñar mediante su propia experiencia de vida y ejemplo ciudadano. Maestros como nuestro primer rector, Manuel Ancízar Basterra, quien enseñaba en la Escuela de Literatura y Filosofía el curso de Filosofía Elemental y en la Escuela de Jurisprudencia, Derecho Internacional y Tratados Públicos. Como José María Quijano Otero, profesor de Historia Patria en la Escuela de Literatura y Filosofía, que además era nuestro bibliotecario y protector de los archivos. O Florentino Vezga, encargado de la cátedra de Zoología en la Escuela de Ciencias Naturales y a la vez secretario de la Sociedad de Naturalistas Neogranadinos. O Antonio Vargas Vega, profesor en la Escuela de Medicina en las cátedras de Fisiología y Patología General, y Nicolas Osorio, profesor de Patología Externa. También Ezequiel Rojas, encargado del curso de Economía Política y Estadística de la Escuela de Jurisprudencia o los catedráticos Francisco Zaldúa y José María Samper, de la misma Escuela. Como herederas de esta tradición académica quiero también resaltar a algunas profesoras insignes de la Universidad Nacional: la maestra Elvira Pardo, primera profesora universitaria del país, quien impartió clases de Piano en nuestro Conservatorio desde 1921;  Marta Traba, crítica de arte, quien además fue directora de nuestro Museo de Arte en 1965; Virginia Gutiérrez de Pineda, una de las primeras antropólogas del país, quien instauró en Colombia los estudios sobre la familia, y por supuesto, las profesoras Magdalena León y Florance Thomas, primeras impulsoras de los estudios de género en Colombia.

Ellos son algunos de nuestros profesores pioneros de la Universidad Nacional; los que señalaron el camino de libertad, amor por el conocimiento y compromiso ciudadano. Nuestros maestros han dejado y siguen dejando una huella profunda en las vidas de sus estudiantes. Gracias a sus palabras y a su ejemplo hemos intentado construir un mejor futuro para cada uno de nosotros, para nuestras familias y para nuestra sociedad.

Como lo señaló Fernando Savater —otro gran maestro— el profesor es aquella persona que tiene como misión en la vida enseñar a vivir a otras personas. Pues la formación en valores y principios solo se da mediante la vivencia que nos ofrece el contacto con nuestros maestros y la experiencia que tenemos en medio de una comunidad de conocimiento que comparte, respeta y valora la diferencia para alcanzar nuevos conocimientos y llevarlos a la comunidad.

Nuestra época se caracteriza por la desmesura, el consumo irracional —no solo de objetos, también de información que desinforma, de creencias poco fundamentadas, de mentiras disfrazadas con tecnicismos, de posverdad—. Sin importar nada, la competencia irracional e irrespetuosa nos lleva a abusar de los demás, socavar su dignidad y desconocer el valor de su existencia. Además, hemos olvidado la tarea fundamental de nuestra especie frente al respeto y el cuidado de todos aquellos que habitan nuestra casa común, el planeta. Hemos afectado de manera irreversible el destino de miles de especies y hemos puesto en riesgo hasta nuestra propia supervivencia. Como profesores tenemos la responsabilidad de aportar en la formación de nuevos ciudadanos globales, seres que por principio cooperen en una transformación social. Una transformación en la que el liderazgo colectivo sea nuestra carta de navegación y el respeto a la dignidad, el cuidado de los demás y el aprecio por la diferencia se conviertan en los fundamentos de una vida en sociedad con bienestar, libertad y paz. Así, la responsabilidad de nosotros, los profesores, es profunda y de gran alcance.

En este sentido, los que vivimos de enseñar debemos alinear nuestras acciones con nuestros propósitos y valores para ser capaces de aprender siempre de todo y de todos. Nuestro papel es el de desintoxicar al estudiante de la aceleración, la desmesura y la superficialidad para que tenga la posibilidad de acoger el conocimiento como elemento fundamental en la construcción de su vida, siempre desde el respeto a la diferencia, la autonomía responsable y el compromiso social.

Un maestro es alguien que está permanentemente abierto a la diversidad del conocimiento, a la multiplicidad del saber, con actitud constante de escucha, listo a entender (más que a señalar), a construir sobre la crítica y la creatividad. En definitiva, alguien dispuesto a continuar aprendiendo sin descanso y formándose para enseñar en y para la libertad. En esencia los maestros somos estudiantes incansables para toda la vida.

Creo férreamente que como maestros debemos ser conscientes de que el valor del respeto es central en nuestra misión como formadores de personas libres y creativas. Valorar positivamente la diferencia ha de enriquecer la vida de los maestros y los estudiantes, y necesariamente impulsará la creación y la innovación en la sociedad. En efecto, al ser capaces de reconocer la importancia del otro, de sus ideas y puntos de vista, al enriquecer nuestras propias ideas y esperanzas con la visión de los demás, haremos de nuestras vidas ricas formas de compartir, aprender y crecer en comunidad.

Con todo, la educación es la forma en la que la sociedad cultiva nuestra humanidad. Martha Nussbaum señala que para eso es fundamental formar de manera pluridisciplinar en los diversos lenguajes del pensamiento matemático, filosófico, histórico, científico, artístico y ético. Pero además la educación, desde los primeros grados hasta los universitarios, debe ser construida a partir de una vivencia multicultural en los estudiantes. Porque el conocimiento y la conciencia de las diferentes formas de concebir el mundo y su realidad son fundamentales para promover el respeto hacia nosotros mismos, hacia los demás y hacia la naturaleza. La educación multicultural que debemos fomentar como profesores universitarios es la columna vertebral del permanente diálogo que ha de caracterizar a la academia y a la sociedad.

Gracias a esto el ciudadano del mundo desarrolla su empatía al valorar la diferencia pues sabe que los otros —las culturas distintas y distantes, las minorías étnicas y religiosas, la diversidad de género y sexualidad— nos hacen a nosotros mismos más humanos, más complejos y mejores ciudadanos, alegres y libres de verdad.

Sin embargo, la paradoja de nuestro papel como maestros se expresa en intentar educar a aquellos que se enfrentarán a un mundo distinto al que conocemos hoy y en el que hemos construido nuestras vivencias. Por eso es tan importante encontrar maneras de formar en el amor por aprender, que incentiven la formación a lo largo de la vida; que nos permitan ser actuales sin importar las radicales transformaciones de la vida en sociedad. Nuestras cátedras deben transmitir entusiasmo a los estudiantes y llenarlos de inquietudes para que ellos mismos, con la potencia de su creatividad, busquen resolverlas y así, poco a poco, permitirles crecer intelectualmente.

Como maestros tenemos la oportunidad de formar a través de problemas que contextualizan las teorías y les dan sentido. El “problema” o la “pregunta” —es decir, aquel sector de la realidad que no logramos comprender— es la mejor oportunidad para que los estudiantes iluminen las dudas a través del conocimiento en acción, ejercido por seres creativos, imaginativos e inquisitivos.

Así, estrategias como los seminarios permiten que los estudiantes compartan sus experiencias, sus inquietudes y sus formas de aproximarse al conocimiento. Es en espacios como estos donde la reflexión conjunta se convierte en protagonista de la formación e instrumento fundamental para practicar la libertad de pensamiento.

Como maestros, no estamos para evaluar la buena memoria de los estudiantes. Estamos para acompañarlos en su proceso de crecimiento y madurez intelectual. Por eso la evaluación debe ser siempre y en cada momento formativa, constructiva y crítica. Estamos para reconocer los avances, los aciertos y los logros y para señalar con respeto y ponderación los caminos para mejorar y potenciar las capacidades de nuestros estudiantes.

Por eso en la Universidad Nacional buscamos consolidar indicadores de formación integral que nos permitan valorar con mayor precisión la actividad académica y la vivencia universitaria de nuestros estudiantes. Estas han de ser fomentadas y enriquecidas mediante la importante armonización de las funciones misionales que cada uno de nosotros lleva a cabo en su tarea como docente, investigador o gestor de proyectos de extensión.

El maestro es alguien que por sobre todo valora y aprende de las experiencias de sus estudiantes, que no son lienzos en blanco esperando a ser escritos por sus profesores. El maestro sabe que el conocimiento se construye en comunidad, a partir de la diferencia y el compromiso permanente por la verdad y la evidencia. El maestro busca poner en crisis el conocimiento para despertar en sus estudiantes curiosidad y creatividad, para que ellos busquen su propia madurez de pensamiento y su mayoría de edad intelectual. El maestro tiene la misión de incentivar, de provocar, de generar avidez por el conocimiento en sus estudiantes mediante la valoración del respeto, la diferencia y la honestidad.

Así, el maestro también debe estar ávido de conocimiento y ser capaz de interactuar desde su disciplina con las diferentes áreas del saber pues hoy más que nunca la solución de los problemas solo se encuentra en la colaboración transdisciplinar. Es este diálogo interdisciplinar el que el maestro debe incentivar en sus estudiantes, como intelectuales integrales dispuestos a construir a partir de la diversidad y la inclusión.

En cualquier caso, la formación no depende de los escenarios o las situaciones: formamos en el aula, en el museo, en la sala de conciertos, en la biblioteca, en las cafeterías, en la plaza pública o en el hogar; formamos en la actividad investigativa, en los proyectos sociales de extensión; formamos con nuestro ejemplo y con la manera en la que vivenciamos la universidad y la sociedad.

Por sobre todo, formamos para la alegría, la libertad, la democracia y la convivencia. Nuestra misión definitiva es formar ciudadanos libres, íntegros y con conciencia social para un país y una sociedad democrática, próspera y en paz.

Nos corresponde a nosotros, como educadores, mostrar a nuestros estudiantes la belleza y el interés de una vida abierta al mundo entero, mostrándoles que, después de todo, hay más alegría en el tipo de ciudadanía que cuestiona que en la que simplemente aplaude; más fascinación en el estudio de los seres humanos en toda su real variedad y complejidad que en la celosa búsqueda de estereotipos superficiales; que existe más amor y amistad verdaderos en la vida del cuestionamiento y de la autonomía que en la de la sumisión a la autoridad. (Nussbaum, 2005, p. 115)

Referencias

Nussbaum, M. (2005). El cultivo de la humanidad. Una defensa clásica de la reforma en la educación liberal. Paidós.

AUTOR

Dolly Montoya Castaño

Actualmente es la rectora de la Universidad Nacional de Colombia y a su vez Presidente de la Unión de Universidades de América Latina y el Caribe. Profesora Titular de la Universidad Nacional de Colombia y cofundadora del Instituto de Biotecnología de la misma institución. Es doctora de la Universidad Técnica de Múnich, (Alemania) en Ciencias Naturales con énfasis en estudios moleculares de biodiversidad y evaluación de su potencial biotecnológico.

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