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La filosofía como espacio de las ciencias

Al cabo de un instante de reflexión sobre este acto el entendimiento se inclinaría a la conclusión de que no se trata de un acto más que celebra la Universidad Nacional de Colombia. No nos hemos citado aquí ni para dar los primeros pasos en el camino espiritual del año universitario, ni para entregar un título corriente a este o a aquel estudiante que abandona las aulas, ni para asistir a la conmemoración de un día epónimo en la historia nacional, ni para escuchar la palabra forastera de un sabio interesante que pasa por Colombia. Se trata ahora de un acto casi definitivo en la vida de la nación. Las palabras que estáis escuchando y las que váis a escuchar en seguida no tienen sino el carácter de cualidades exteriores de que está revestida la esencia misma de este acto definitivo. La Universidad Nacional de Colombia, señores, arroja sus fundamentos. Esencialmente, este acto no quiere decir otra cosa sino que la Universidad Nacional se ha fundamentado a sí misma, y el Instituto de Filosofía y Letras, que oficialmente empieza a funcionar esta noche, constituye su fundamento. Una breve excursión intelectual por el interior de la Ciudad Universitaria puede traer claridad sobre este aserto, si los pies ligeros de vuestra atención están listos a seguirme[1].

Todo el ámbito de esta ciudad espiritual está dedicado, como es fácil observar, a hacer ciencia. Es más: está dedicado sólo a hacer ciencia. No tiene importancia entrar a averiguar, después de lo que acabamos de sostener, si se está haciendo ciencia original. La historia de esta provincia del saber no es la historia de las aportaciones originales, sino la historia de una tenaz continuación que tiene su punto de partida en unas cuantas cabezas de rara estirpe, que un día en las costas jónicas empezaron a ver el mundo convertido en problemas. La historia de la ciencia es la historia de la integración de los conocimientos científicos, y un hallazgo sensacional significa sólo que las cosas estaban ya en sazón para ese hallazgo. Detrás de la teoría de la relatividad, por ejemplo, hay una serie de aportes sin los cuales ella no habría sido posible. Es bastante precipitado hablar de originalidad cuando se está dentro del campo de la ciencia. Recogiendo la expresión que da título a una obra divulgadora de los conocimientos científicos cabe decir mejor, para no comprometernos: la ciencia avanza. En efecto, a la ciencia, como a la mujer de la tradición bíblica, le está prohibido mirar hacia atrás. No puede, pues, recogerse una sola letra de la afirmación que sostiene que aquí y allí, en la Universidad Nacional, se hace ciencia.

Son ya numerosos los institutos y facultades que van integrando la universidad. En cada uno de ellos se cultiva o se transmite la ciencia. Y como en toda universidad, se cultivan y se transmiten las ciencias de la naturaleza y las ciencias de la cultura. Nuestra universidad ha sido hasta ahora un centro para la ciencia. No cabe hablar de una misión más alta. Sin embargo, la universidad así no es del todo universidad, como las ciencias solas no son del todo ciencias. Las ciencias son ellas y su fundamentación. La universidad son sus facultades científicas y un centro de filosofía sobre el cual se apoyan esas facultades. La misión de la ciencia, se sabe hace mucho tiempo, es diferente de la misión de la filosofía. La ciencia puede hacer muchas cosas que la filosofía no se propone realizar porque caen fuera de sus dominios. Pero el hecho de una diversidad de misiones no implica nunca una capacidad absoluta para el logro de sus respectivas finalidades. La filosofía y la ciencia con insistente reciprocidad se solicitan en el camino de sus progresos. La ciencia tiene el inconveniente, con respecto a la filosofía, de no poder volverse sobre sí misma para interrogarse sobre sus métodos o sobre sus últimos principios. La ciencia no puede fundamentarse a sí misma. Solo la filosofía posee este privilegio de ser para sí, que es también el privilegio del espíritu. Si la ciencia es incapaz de esta hazaña filosófica, tendrá que acudir a quien sea capaz de realizar desde el exterior su fundamentación y de compulsar sus métodos. Por esa incapacidad de ser para sí de la ciencia ha acontecido que de cuando en cuando, en el curso de su historia y obedeciendo al ademán inesperado de un filósofo, haya tenido que detenerse y esperar los interrogantes que le formule la filosofía. En el momento en que la ciencia está corriendo más de prisa, la filosofía, que es la ciencia sin prisa, da a aquella una zancadilla certera y la detiene en su marcha altanera.

Así sucedió que, en el último tercio de la centuria antepasada, un hombre de estatura menos que mediana, incapacitado más que nadie orgánica y espiritualmente para ejercer funciones de mandarín —salud tan frágil y pasión tan grande por la libertad no ha habido nunca— ordenó desde su celda meditabunda de Königsberg a todos los científicos de su época que detuvieran su avance. La actitud de Kant fue una actitud contra la arrogancia de la ciencia, que daba por supuesto lo que en realidad debía ser convertido en cuestiones. Desde entonces, con más conciencia que nunca, la filosofía se ocupa de una serie de problemas de los cuales no podrán seguir despreocupándose las ciencias particulares. Esa edad arrogante y envalentonada por que atravesó la historia de la investigación científica está hace mucho tiempo concluida. El signo de la época contemporánea consiste en una mutua colaboración entre la filosofía y la ciencia, por extremistas que aparezcan algunas tendencias dentro de esta y por mucho que se quiera buscar para la disciplina filosófica un objeto exclusivo y un propósito peculiar. Dentro de la variedad de fines que a estas horas de su desarrollo se le asignan a la filosofía siempre tendremos que contar con uno: la fundamentación de la ciencia. La definición de la filosofía no podrá en ningún caso circunscribirse a esta fundamentación, pero una enumeración de sus propósitos resultaría incompleta si prescindiera de ella. La filosofía es la ciencia fundamentadora por uno de los aspectos más interesantes de su definición total, y lo es no solo del conocimiento científico sino de todo conocimiento.

Las ciencias de la naturaleza y las ciencias de la cultura —que integran el conjunto de la actividad intelectual en que hasta el momento se ha afanado la Universidad Nacional de Colombia y cuyos nombres están inscritos virtualmente en cada una de las fachadas de las respectivas facultades e institutos— no pueden avanzar por sí solas. Esto no quiere significar que por sí solas no puedan existir. No se vea con extrañeza que se hable aquí de un acto solemne en que la universidad arroja sus propios fundamentos. ¿No existía ya desde años —podría argüirse— este centro más o menos completo de estudios diversificados, en donde se trabajaba dentro del territorio de las ciencias de la naturaleza y de las ciencias del espíritu? ¿A qué viene, pues, hablar de que hoy ponemos sus fundamentos?

Esta manera de impugnación tiene aparentemente motivos. Pero en realidad se confunden una vez más los fundamentos como etapa que origina una determinada existencia con los fundamentos como principios lógicos de esa misma existencia. Para aceptar la misión particular de la filosofía como ciencia fundamentadora de los conocimientos científicos no es necesario tomar partido previamente ante las dos opiniones que, en forma respectiva, la consideran como una fuente o como un resultado de la ciencia. No sería posible, vistas las cosas profundamente, situarla en los comienzos de la investigación científica. Quienes esperan que la filosofía rinda sus resultados mejores después de un desarrollo intenso y amplio de las ciencias particulares —es decir, que la filosofía venga a ser filosofía al final de ese periodo de esplendor científico que actualmente se produce— no ven que ella quedaría desposeída de su rango intelectual habiendo tenido que esperar veinte siglos para empezar a acreditarse. Pero, cualquiera que sea el partido que se torne ante estos dos frentes de opiniones, a lo largo de la historia de la cultura encontraremos algunas etapas en que la investigación filosófica se intensifica luego de un periodo de trabajo científico y por causa de este trabajo. Estamos entonces en la etapa de las fundamentaciones. La filosofía se da a la tarea de fundamentar lo que previamente existía. La fundamentación lógica es distinta de la fundamentación genética. Desde este punto de vista puede y debe hablarse de que en el presente acto solemne la Universidad Nacional coloca los fundamentos de sí misma. No hay matemáticas, no hay física, no hay química, no hay biología, no hay derecho, no hay medicina, en el sentido esencial y hasta existencial de cada uno de estos conceptos, donde se ha prescindido de la respectiva fundamentación filosófica. Ello explica que los matemáticos y los físicos, los biólogos y los juristas se hayan hecho filósofos. La presencia de un Instituto de Filosofía y Letras en el área de la Ciudad Universitaria no tiene solamente una significación simbólica, sino el sentido de una necesidad satisfecha. Y en qué oportuno momento se satisface esta necesidad. En el momento de la reconstrucción de la filosofía.

La filosofía experimenta a principios del presente siglo un viraje reconstructivo que conserva todavía en su estado actual. Este viraje reconstructivo lo tomó a raíz de la necesidad surgida en la ciencia de establecer sólidas bases desde donde partir firmemente, o sea, de la necesidad de hallar una fundamentación inquebrantable. No fue ya la voz de un filósofo la que hizo detenerse a los científicos para mirar hacia atrás. Este periodo de fundamentación nació de la ciencia misma, y precisamente de la ciencia que ha vivido más orgullosa de sus postulados y que más invulnerables ha considerado sus principios.

En la Universidad de Halle, a fines del siglo pasado, un profesor de matemáticas, hasta entonces conocido a duras penas dentro de los muros silenciosos de aquella institución, se encuentra con dificultades crecientes a través de sus investigaciones aritméticas. Una vez más había un científico que echaba de menos la filosofía. También Helmholtz, al proseguir o querer proseguir sus estudios de óptica fisiológica, se quejaba de lo atrasado de la psicología de su tiempo. La psicología en aquella época era aún filosofía. Y este estado de perplejidad y de queja se extiende a gran parte de las ciencias naturales. Los problemas metafísicos, dice Brentano, tales como, por ejemplo, el principio general de causalidad y su presunto carácter a priori, vemos cómo en algunas de sus investigaciones, como en la que se refiere a la ley de la acción recíproca entre las fuerzas de la naturaleza, el naturalista se ve tenazmente conducido al umbral de las más altas cuestiones metafísicas.

Aquel prudente y malicioso profesor que observó dificultades a lo largo de sus elucidaciones matemáticas y a causa de la observación de tales dificultades se hizo filósofo. De allí proviene el movimiento filosófico que vivimos actualmente, uno de los más serios de toda la historia del espíritu. La necesidad de fundamentar la ciencia de la aritmética creó la fenomenología, y con la fenomenología empieza el periodo de reconstrucción del pensamiento filosófico. Pero este periodo reconstructivo no se queda dentro del territorio de la filosofía, sino que se hace extensivo a las ciencias particulares. No hay noticia de un movimiento filosófico semejante. La época de Hegel apenas se le parece. La corriente fenomenológica reconstruye la filosofía. Las ciencias particulares trabajan ahora bajo la advocación de este nuevo movimiento y participan, por lo tanto, del carácter reconstructivo. Los más distantes dominios del saber, desde la física hasta la sociología y el derecho, desde la biología hasta la ética, desde la religión hasta la estética, desde la metafísica de la existencia hasta el fenómeno del conocimiento, todo corre a ponerse bajo la amplia protección filosófica de la nueva manera. Los dominios de las diversas ramas de la filosofía y de los sistemas diferentes, y los territorios de las ciencias particulares y de casi todo el saber humano, se funden y se consolidan dentro del nuevo imperio de la fenomenología. Husserl legisla y legisla desde la milenaria Universidad de Friburgo de Brisgovia para este nuevo imperio. Principia en Halle como modesto profesor de matemáticas, y ahora lo encontramos hecho ya emperador de la filosofía en la Universidad de Friburgo, capital del imperio. Este periodo imperial sigue todavía en su afán reconstructivo. Alcanza hasta nosotros, y no se ve que haya de detenerse por ahora. A diferencia de lo acaecido a la muerte de Hegel —otro espíritu que dominó imperialmente el saber de su tiempo—, a diferencia de lo acaecido a su muerte, que su filosofía empezó a sucumbir al día siguiente casi de ocurrida, a la muerte de Husserl pareció fortificarse su herencia espiritual. El filósofo más atendido actualmente en el mundo procede de él. Las varias ramificaciones de la fenomenología no expresan otra cosa que el poderío de esta corriente y la perduración de sus ideas fundamentales. ¡Qué momento tan interesante del pensamiento filosófico este en que ha llegado a la vida el instituto que inauguramos!

No hace siquiera un par de decenios en los centros más autorizados y rigurosos de Europa, como siguiendo con fidelidad irrestricta los imperativos de la filosofía fenomenológica, se prescribía al lado del estudio de las ciencias matemáticas el planteamiento y la indagación de los problemas filosóficos. Y esta prescripción no procedía oficialmente de las aulas universitarias ni era iniciativa privada de un profesor de la materia, en cuya cabeza se agolparan en un día cualquiera de profunda meditación los últimos interrogantes de su disciplina. Los estudios de filosofía se prescribían al lado del pénsum de ciencias matemáticas, y se prescribían por orden legislativa. Expresando el carácter fundamental de la filosofía con respecto a las ciencias un expositor de alta jerarquía intelectual decía hace poco: toda ciencia llega en su evolución y desarrollo a un punto en que se ve obligada a someter sus bases lógicas y su índole de conocimiento a un examen más riguroso. La matemática ha entrado en tal periodo a fines del siglo pasado, y los trabajos de los sabios más salientes tienden a sondear las bases lógicas para mediante ellas penetrar en la esencia de la matemática (Brand y Deutschbein, 1930). Junto a esta expresión que acabáis de escuchar sería fácil enumerar una serie dilatada de nombres significativos que han tenido que recurrir a la lógica y a la gnoseología ante la perplejidad producida por cuestiones básicas para sus ulteriores indagaciones. Cuántos matemáticos no se han convertido hoy a la filosofía y cuánto no ha ganado su ciencia con esa conversión. Los tratados de filosofía de la matemática y de la filosofía de las ciencias en general forman ya una bibliografía que requiere una dedicación exclusiva para llegar a manejarla con mediana responsabilidad. Los conceptos de número y de espacio, por ejemplo, son investigados filosóficamente en profundos capítulos de la moderna producción científica y hasta en libros especiales. Del mismo modo, los problemas de los últimos principios de la matemática se abordan desde la filosofía, y la lógica, que es rama esencial de esta, asume principalmente funciones de disciplina fundamentadora.

Pero, como ya se ha dicho, también la física, en no menor proporción que la matemática, tiene tarde o temprano que habérselas con la filosofía. Nacieron siendo una misma cosa y difícilmente podrán alguna vez separarse. La armonía entre ellas dos, que empezó siendo pura unificación en las costas del Asia Menor, prosigue actualmente como una actitud de mutua colaboración. Más aún, estamos muy lejos de esa etapa de la historia de la física en que se le asignaba a esta, como a todas las ciencias particulares, el objetivo único y limitado de observar y descubrir conexiones entre fenómenos, y formular desde esta observación las leyes generales. La física tendría por objeto la averiguación de las causas y de determinados fenómenos observados, y su sentido y su carácter podría expresarse de una vez con aquella famosa expresión utilitaria: saber para prever. Muy lejos estamos hoy de semejante concepción de la ciencia física. Tan lejos que sus propósitos más apasionantes se confunden con un antiguo propósito de la filosofía: la solución del problema de la unidad metafísica del mundo. No es otra cosa la física atómica ni son otros los fines de esa formidable legión de sabios que en torno a la física teórica constituyen la más alta dignidad científica del siglo XX.

La teoría de la relatividad, a pesar de que su creador cree haberse quedado dentro de los límites de la física, dio un paso hacia la filosofía. Einstein —cuyo observatorio astronómico lo constituyeron siempre un lápiz cualquiera y unas cuartillas de papel y que desde su modesta habitación de una tranquila calle berlinesa ordenaba a los astrónomos que comprobaran sus cálculos— más parece un espíritu dedicado a la especulación filosófica que a la matemática y a la física. No es nada raro que haya vuelto a suscitar viejas cuestiones de filosofía. El espacio y el tiempo, que en Kant pasan al primer plano del interés filosófico, son de nuevo atendidos dentro de la física relativista. En la aproximación de la física a la filosofía podríamos ir más lejos. Heisenberg —a quien todo el mundo conoce ya como “uno de los hombres más reputados en la física teórica moderna”— se expresa favorablemente a nuestro tema, en un estudio sobre la teoría de los cuantos:

Es conveniente volver a las antiguas discusiones fundamentales e importantísimas para la epistemología, sobre la dificultad de separar los aspectos subjetivos y objetivos del mundo. Muchas de las abstracciones características de la física teórica moderna se encuentran discutidas en la filosofía de los siglos pasados. En aquella época dichas abstracciones pudieron ser consideradas como meros ejercicios mentales por aquellos científicos que solo se interesaban por la realidad; pero hoy día los refinamientos del arte experimental nos obligan a tomarlas seriamente en consideración.

Cualquier exposición seria sobre el concepto de naturaleza en la física moderna corrobora las anteriores palabras de Heisenberg. Con un interés de vida o muerte para la física se plantea ahora el problema, tan viejo en sus primeras manifestaciones como la filosofía, de la esencia del conocimiento. La naturaleza, sobre la que la física recae, no es en la física moderna lo que se creyó hasta no hace mucho: algo existente con independencia del observador. La naturaleza es ella y algo más: el que la observa. La naturaleza, que es el propuesto objeto del conocimiento físico, está constituída por la relación estructural del sujeto-objeto. Esta tesis, dice James Jeans, encuentra su expresión definitiva en la parábola ondular, que dice que la naturaleza consta de ondas y, desde luego, de ondas de conocimiento (o falta de conocimientos) en nuestro espíritu (Jeans, 1936).

No creo necesario aportar otros casos y otras razones de autorizados representantes de la ciencia contemporánea de la naturaleza. Con los aportados hasta aquí queda justificada la existencia de este instituto. Si quisiéramos justificarla más, la tarea sería tan grata y tan fácil como la anterior. No tendría sino que exponer brevemente la dirección de la filosofía actual que tiene como finalidad la fundamentación de las ciencias de la cultura. Y, junto a los representantes de la filosofía de la ciencia natural presentaros un grupo no menos egregio de fundamentadores de las ciencias del espíritu. Quién de vosotros no está ya pensando en ese Hegel de la edad contemporánea que fue Guillermo Dilthey. Y hasta en los manuales de historia de la filosofía se describe hoy la labor de la escuela de Baden, centro de la nueva dirección y foco de los problemas más inquietantes con que hoy se enfrenta la meditación filosófica.

Por diversos aspectos vemos, pues, mil veces justificada la fundación de un Instituto de Filosofía y Letras en la Universidad Nacional de Colombia. Por medio de él, más que a través de ninguna otra institución, la universidad podrá en adelante proyectarse sobre la vida nacional. Su misión no queda reducida a la propia universidad. Existiendo aquí, en el plano real de la Ciudad Universitaria, existe también en el centro mismo de la nación. Es el Instituto de Filosofía y Letras el centro de estudios mejor dotado por su propia naturaleza para proyectarse desde la universidad hacia la nación, y desde la nación hacia fuera del país. El conocimiento de un país no lo hacen posible fuera de él sino los directores intelectuales de ese país. Y nada más propio para formar esa diplomacia intelectual que un instituto de esta índole.

Señor rector de la Universidad Nacional de Colombia, señor decano de la Facultad de Derecho: habéis recortado dentro del perímetro cultural de la Ciudad Universitaria el único espacio claro en donde las ciencias particulares que aquí se estudian pueden moverse y progresar. Por vuestro interés y vuestra visión para el futuro se realiza siquiera simbólicamente en nuestra historia la armonía entre la filosofía y las ciencias, llevada a cabo en la alborada de la civilización occidental por una raza exótica de hombres, los filósofos, que el mismo viejo Sócrates, padre de todos ellos, no se atrevía a explicar. La Universidad Nacional os debe sus fundamentos. Ya empieza a ser una gratificación para vosotros este crecido número de estudiantes que todas las tardes llenan el recinto dedicado a las lecciones del instituto, atraídos por el desinterés, la forma más auténtica de la atracción intelectual.

Las palabras escritas a la entrada de una facultad de filosofía y letras suramericana podrían servir provisionalmente para dar expresión a esta apetencia desinteresada de cultura y sintetizar por lo pronto el programa del instituto con que habéis robustecido nuestra universidad: con los pies en la tierra, pero con la mirada en las estrellas.

 


[1] Este texto, elaborado por el profesor Rafael Carrillo, primer director del Instituto de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Colombia, fue leído por él el día 20 de marzo de 1946 en ocasión de la inauguración del Instituto.

Referencias[T1]

Brand, W. y Deutschbein, M. (1930). Introducción a la filosofía matemática. Madrid: Revista de Occidente.

Jeans, J. (1936). La nueva imagen física del mundo. Revista de Occidente, 156: 302-328.

AUTOR

Rafael Carrillo

Rafael Carrillo Lúquez nació el 25 de agosto de 1907 en Atánquez, un corregimiento de Valledupar, Colombia, y falleció el 17 de julio de 1996 en Valledupar. Fue un destacado filósofo, maestro y abogado colombiano. Realizó sus estudios de Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Nacional de Colombia, en Bogotá, donde también fundó el Instituto de Filosofía y Letras.

El legado de Rafael Carrillo Lúquez en el ámbito de la filosofía es ampliamente reconocido tanto en Colombia como en varios países de América Latina. Sus aportes han dejado una huella duradera en el pensamiento filosófico de la región y su influencia perdura hasta el día de hoy.

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