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Presentación

Se inicia este número de la Revista con el editorial de la profesora Dolly Montoya, rectora de la Universidad. Su escrito, “De la calidad del diálogo depende nuestra convivencia”, cobra especial importancia y pertinencia debido a la polarización que vive el conjunto de la sociedad colombiana. Por ello, la universidad, cuya esencia es la controversia argumentada, ofrece una oportunidad privilegiada para ponderar lo importante del diálogo, del respeto a la opinión de la otra parte, para aclimatar la convivencia y cimentar la paz, en el claustro y en la sociedad. En sus palabras, “Quienes creemos que la paz es deseable y necesaria confiamos en el diálogo para alcanzarla. Quienes hemos vivido en la academia sabemos que es el diálogo lo que la sostiene y la dinamiza”. En este sentido, la profesora Dolly nos propone pensar el diálogo como espacio de construcción conjunta, en donde el respeto a lo diferente, el valor de lo diverso y la sinceridad con uno mismo y con los demás confluyen para dar soporte a la vida en comunidad.

Este tipo de diálogo abierto, constructivo y sincero ha venido, en los últimos meses, a enriquecer la opinión pública del país al revivir un viejo debate entre la ciencia clásica y los saberes ancestrales. A la par que en el mundo se desarrolla el pensamiento científico a una velocidad y con una profundidad nunca antes conocidas, ganan espacio quienes promueven el reconocimiento y la aplicación de conocimientos ancestrales. Para algunos, como complemento y auxiliar de la ciencia; para otros, como alternativa a la llamada “ciencia hegemónica”. En una época caracterizada por el intercambio y la interacción entre los pueblos y las culturas, de “verdades alternativas” y de fake news, y; del chat y las redes sociales como medio rápido de comunicación, la universidad se confirma como el espacio más adecuado para adelantar ese diálogo.

Como es costumbre, en cada número la Revista selecciona un tema central. En esta oportunidad se trata precisamente de la discusión mencionada, que a modo de reflexión y diálogo preliminar hemos querido denominar ciencia, saberes y sociedad. Contamos con la colaboración de distinguidos académicos que nos brindan su aporte de acuerdo con su óptica y experiencia de investigación. El tema sigue abierto y sobre él volveremos en próximos números.

“Desvelando los secretos de la naturaleza”, se titula el trabajo conjunto de Helena Groot Sáenz, profesora titular de la Universidad de los Andes y presidenta de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, y el  ingeniero José Manuel Restrepo Ricaurte. Los autores señalan que desde tiempo inmemorial el hombre ha tratado de aprovechar para su bienestar los recursos que encuentra en la naturaleza, en particular los efectos curativos de las plantas. La ciencia y sus métodos han sido herramientas invaluables para este fin, tanto que hoy la búsqueda humana por conservar y aprovechar los recursos naturales a nivel global no se puede pensar sin el trabajo arduo de los científicos en todos los campos.

El artículo ilustra esa búsqueda con ejemplos y acontecimientos que marcan hitos hasta la época presente. Así, en la Grecia antigua, Teofrasto (371-286 a. C.)  escribió dos tratados sobre las plantas y describió algunas medicinales. El “descubrimiento” de América, con toda su inmensa variedad botánica aportó oportunidades desconocidas hasta entonces. Es muy relevante el caso de la quina como remedio para la malaria. Se trata de un producto natural cuyas propiedades curativas contra dicha enfermedad eran conocidas por los indígenas suramericanos, y desde 1740, cuando Charles Marie de La Condamine elaboró el primer informe científico sobre el árbol de la quina, su conocimiento y aplicación medicinal se difundió alrededor del mundo. El conocimiento y uso de los medicamentos de origen vegetal se amplió a finales del siglo XIX con el trabajo del científico Luis Pasteur, quien descubrió la existencia de microorganismos y su incidencia en muchas enfermedades. En el siglo XX, Alexander Fleming descubrió sustancias biológicas para combatir las infecciones, y gracias a esto abrió todo un campo con la aparición de la penicilina. El artículo de los profesores Groot y Restrepo abunda en ejemplos de cómo la gestión del conocimiento, la formación científica, la observación entrenada, la investigación y la innovación tecnológica nos permiten develar los profundos mecanismos de la naturaleza.

Como complemento, el artículo de Álvaro Zerda Sarmiento, profesor y doctor en Economía de la Universidad Nacional, lleva por título “Conocimiento tradicional, sociedad y poder”. El autor plantea la relación entre el conocimiento tradicional de las comunidades étnicas y el conocimiento científico. Para el profesor Zerda, “Si bien la ciencia occidental tiende a menospreciar el carácter científico del conocimiento tradicional”, se pueden identificar los beneficios de este último para la sociedad en campos como la medicina, la agricultura, la alimentación y la conservación del medio ambiente. El autor, que acude a las teorías de Frantz Fanon, expresa que el conocimiento de las comunidades étnicas ha sido negado por la sociedad occidental,y se encuentra amenazado, entre otras, por “el auge y expansión de la ideología neoliberal”.

“Conocimiento científico y saberes sobre el rayo” es el título del artículo del ingeniero Horacio Torres Sánchez, profesor emérito de la Universidad Nacional y vicepresidente de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. En forma didáctica conjuga el autor su investigación científica sobre el fenómeno del rayo con las coincidencias identificadas en el relato tradicional y en el de su padre acerca del clima y la presencia de los rayos en zonas específicas de la sabana de Bogotá. Sobre el encuentro entre su experiencia como científico y los saberes ancestrales expresa:

Mi primera conclusión, a partir de estas experiencias, es que los saberes diferentes al conocimiento científico también poseen valor cognitivo y también son útiles para resolver problemas de la existencia… los saberes pueden ser una gran ayuda cuando se pretenda investigar un fenómeno sistemáticamente con el método científico.

Desde otra perspectiva el ingeniero Carlos-Enrique Ruiz, profesor emérito de la Universidad Nacional, exvicerrector de la sede Manizales y exrector de la Universidad de Caldas, se pregunta “¿Y de la poesía qué?”, título ilustrativo de su artículo. El profesor explora en este texto las divergencias y coincidencia de dos importantes ámbitos para las culturas humanas: la ciencia y la poesía. ¿Qué puede ligar a un género tan particular como la poesía con los fríos parámetros de la ciencia?:

¿Tiene sentido el tema de la verdad, y en concordancia el de la falsedad, en la poesía, para validarla o no? Y otro interrogante de enorme vigencia: ¿Tienen un papel que desempeñar la poesía y su actor, el poeta, en una época de preponderancia de la ciencia y la écnica?

Estas preguntas dan acceso a nuevos cuestionamientos, cada vez más profundos, cada vez más esclarecedores. Siguiendo al autor, tal vez al final lo más importante del conocimiento no tiene que ver con lo que sabemos, sino con lo que buscamos.

El profesor Gustavo Silva, doctor en Filosofía, actualmente vicerrector de Investigación de la Universidad El Bosque y editor de esta Revista, en su artículo “Ciencia y arte, un diálogo desde sus orígenes” nos ofrece una visión dinámica, de encuentros, separaciones y cooperación, entre estas dos formas de abordar la realidad y el conocimiento. En la antigua Grecia, aunque se diferenciaban las actividades intelectuales y manuales, no era clara la delimitación entre las actividades que hoy llamamos científicas y las artísticas. Ya en el Renacimiento la medicina y las artes plásticas o visuales reclamaron estatus intelectual y dejaron la categoría de oficio. En ese periodo el diálogo entre ciencia y arte se manifiesta en la obra de Andreas Vasalius sobre el cuerpo humano, que supone grandes avances en anatomía y un salto de siglos en el conocimiento médico. De la misma manera, fueron de capital importancia las investigaciones matemáticas y anatómicas de Leonardo da Vinci incorporadas en su obra pictórica. En el pensamiento de los siglos XVII y XVIII la ciencia y el arte se distancian, pero entre ellos no dejan de existir canales de comunicación y colaboración. Entre nosotros, esa relación quedó magníficamente consagrada en la producción de la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada, dirigida por José Celestino Mutis. En esta se reprodujeron más de 6000 láminas, que representan 2696 especies y 26 variantes vegetales. Se trata de uno de los esfuerzos científicos y artísticos más importantes de la historia. De los 17 000 pliegos del herbario se conservan dos copias, una en el Real Jardín Botánico de Madrid y la otra en el Instituto de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de Colombia, en Bogotá.

Para el profesor Silva la ilustración científica es fundamental en el desarrollo de la ciencia “Podría decirse que las fotografías, las gráficas, los diagramas, los esquemas, las ilustraciones, los bocetos, etc., hacen parte integral del método de construcción de la ciencia”. Adicionalmente, según su punto de vista en la época presente la ciencia y el arte se redefinen mediante la dinámica acelerada de la tecnología. Lo que hoy llamamos tecnociencia nos aporta nuevas formas de interactuar con el arte.

En este sentido, el profesor reflexiona sobre los retos actuales del arte y el diseño frente a las tecnologías desarrolladas mediante la inteligencia artificial generativa: ¿Hay creatividad en la inteligencia artificial? ¿Es arte lo que genera una IA? ¿Quién es el artista entonces? Nuestro grupo de ilustradores de la Revista ha reflexionado y discutido sobre varias de estas preguntas.A partir de sus interesantes puntos de vista se ha decidido que en este número algunas ilustraciones sean producto de la interacción entre los artistas de la publicación y algunos sistemas de inteligencia artificial. Nos interesa contribuir al debate y proponer nuevas formas de abordar la discusión. En este sentido, además de las ilustraciones que siempre acompañan los artículos, aparecerán, donde corresponda, algunos textos breves en los que los ilustradores explicarán el proceso creativo del diseño y su relación con la inteligencia artificial.

Tomás Vásquez Arrieta, filósofo de la Universidad Nacional y profesor de la Universidad Distrital, en su artículo “La filosofía de las ciencias en el pensamiento de Rafael Carrillo”, elabora una aproximación al pensamiento de este ilustre profesor de la Universidad Nacional, uno de los primeros y más importantes filósofos colombianos. Según el autor, es en la década de los cuarenta del siglo pasado cuando se dejan atrás el tomismo y la metafísica, y académicamente se inician los estudios filosóficos en Colombia, sustentados por un conjunto de pensadores del que hicieron parte Danilo Cruz Vélez, Luis Eduardo Nieto Arteta, Cayetano Betancur, Luis López de Mesa y Abel Naranjo Villegas, en el que se destaca como pionero Rafael Carrillo. La filosofía del derecho y la de la ciencia estuvieron en el centro de las reflexiones del profesor Carrillo, quien en uno de sus textos, “La rebelión de los sistemas”, aborda la física antigua, la clásica, la teoría de la relatividad y la física cuántica, y evalúa su lugar en la reflexión filosófica. Para el autor de este artículo el profesor Carrillo “fue el primero de los filósofos colombianos en divulgar la naciente epistemología, el campo que estudia los principios, fundamentos, extensión y estrategias del conocimiento”.

Muy a propósito, en la sección Documentopublicamos las palabras inaugurales del Instituto de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional, pronunciadas por el profesor Rafael Carrillo, su primer director, el 20 de marzo de 1946. A su texto le dio el nombre de “La filosofía como espacio de la ciencia”. Se trata de una profunda y actual meditación sobre la relación entre la filosofía y la ciencia. Para él, el signo de la época contemporánea es la  mutua colaboración entre filosofía y ciencia:

La ciencia no puede fundamentarse a sí misma. Solo la filosofía posee el privilegio de ser para sí, que es también el privilegio del espíritu. Si la ciencia es incapaz de esta hazaña filosófica, tendrá que acudir a quien sea capaz de realizar desde el exterior su fundamentación y de compulsar sus métodos. Por esa incapacidad de ser para sí de la ciencia, ha acontecido que de cuando en cuando, en el curso de la historia, y obedeciendo al ademán inesperado de un filósofo, haya tenido que detenerse y esperar los interrogantes que le formule la filosofía. En el momento en que la ciencia está corriendo más deprisa, la filosofía que es la ciencia sin prisa, da a aquella una zancadilla certera y la detiene en su marcha altanera.

En la sección de Controversia publicamos un interesante y sugestivo artículo del profesor Augusto Trujillo Muñoz, magíster en Derecho de la Universidad Nacional y doctor en Ciencias Jurídicas de la Pontificia Universidad Javeriana, conjuez de la Corte Constitucional y del Consejo de Estado, y actual presidente a la Academia Colombiana de Jurisprudencia.

En su artículo, titulado “Democracia de consenso”, el autor hace un recorrido por la evolución de la democracia y su relación específica con el liberalismo, bajo la perspectiva de que “la democracia es antigua y el liberalismo es moderno” y mostrando cómo, paulatinamente y en medio de tensiones, se han asimilado hasta el punto de que “con la evolución del Estado de derecho, la democracia terminó asociada a las ideas liberales”. Según su criterio, en la historia de Colombia ha dominado la idea de que “la democracia se basa en la legítima contradicción entre un sector victorioso y otro derrotado”, cuando lo que se requiere es una democracia de consenso que garantice la posibilidad de construir proyectos comunes. En su criterio la Constituyente de 1991 se aproximó a ese modelo, pero ese anhelo no se ha concretado, en la medida en que “los colombianos llevan treinta años contrarreformando su Constitución en lugar de desarrollar debidamente sus principios y mandatos”.

En su artículo propone

un sistema democrático basado en acuerdos mínimos, que pueda ampliarse sucesivamente a base de diálogo. Un modelo de consenso que, lejos de significar ausencia de debate, sea capaz de establecer límites a la voluntad mayoritaria, abrir espacios para una razonable participación de las minorías, en medio de amplios márgenes de tolerancia.

También en la sección de Controversia publicamos un artículo del arquitecto y urbanista, Fernando Viviescas, profesor emérito y exvicerrector de la Universidad Nacional, titulado “La Ciudad Universitaria en Bogotá: la ilustración en la Revolución en Marcha”.

Para el autor, la concepción y la realización del visionario y audaz proyecto de crear una gran universidad y un moderno campus implicó un avance hacia la modernidad en el aspecto científico e intelectual, así como en el orden urbanístico y de la arquitectura. El profesor Viviescas nos presenta un detallado recuento histórico de los múltiples procesos (conceptuales, políticos, urbanísticos, etc.) que permitieron la consolidación de la Ciudad Universitaria en Bogotá.

Por otra parte, para contribuir a la difusión de las recomendaciones de la Comisión de la Verdad, publicamos en esta ocasión los textos referentes a educación y ciencia.

En la sección de Reseñas, dirigida a comentar libros publicados por la Editorial de la Universidad Nacional o escritos por profesores, investigadores, docentes y directivos de la Universidad, se reseñan dos textos de reciente aparición, ambos relacionados conceptualmente con el tema central de la Revista: ciencia, saberes y sociedad. El primero, del profesor Eugenio Andrade Pérez, La perspectiva informacional en la filosofía de la naturaleza, es su más reciente libro y presenta una teoría madurada por décadas y por múltiples investigaciones y publicaciones sobre la información como el fundamento de la arquitectura de la naturaleza, sus cambios y evolución. Por otra parte, presentamos el libro La gente del centro del mundo: curación de la historia en una sociedad amazónica,del profesor Juan Álvaro Echeverri. En esta interesante obra el antropólogo navega por las cosmovisiones y autoconcepciones de los pueblos amazónicos, influenciadas por su contacto permanente con comunidades no indígenas. El libro es un ejemplo sincero de cómo la relación entre ciencia y saberes ha de apreciarse siempre en dos vías.

Como en cada edición de la Revista, la Universidad Nacional de Colombia busca construir diálogos de saberes sobre puntos de vista diversos, sin más pretensión que la de motivar la conversación entre académicos y sociedad en general. No pretendemos cerrar las discusiones o dictar cátedra definitiva, nos interesa ampliar y valorar, respetar y construir para una sociedad deliberante y creativa en donde todos podamos vivir.

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