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Relatos de los oficios y los días de Antonio Hernández Gamarra

Antonio Hernández Gamarra

Economista y profesor universitario, Ministro de Agricultura, contralor general y codirector del Banco de la República.

El doctor Antonio Hernández Gamarra, no satisfecho con su extraordinaria labor en la Contraloría General de la República, ya retirado de sus labores profesionales se dio a la tarea de escribir sus memorias, antes de que se le olvidaran, con la tranquilidad de la brisa caribe del Rodadero de Santa Marta, en donde en épocas normales el único ruido es el de las olas del mar y en diciembre y enero el de la brisa loca. Afortunadamente el sitio de su casa —que él mismo diseñó— es reservado, y así se llama ese lugar, a donde jamás van los turistas cachacos de gafas oscuras, vestidos de baño multicolores y tubito rojo o amarrillo colgado en el pecho, que les sirve para guardar los billeticos de veinte y cincuenta. Allí, en esa soledad, cumplió la tarea de reconstruir su vida desde los lejanos años de su nacimiento en Sincé, un pueblito que perteneció al antiguo departamento de Bolívar y hoy corresponde a Sucre.

Arranca su relato, de agradables cuatrocientas y tantas páginas, narrando su infancia y adolescencia en un pueblo en donde la mecánica automotriz estaba limitada a los pequeños vehículos de un señor Miranda y sus hijos; la toma de fotografías de cumpleaños y eventos sociales a cargo de Foto Pérez; la oficina de telégrafos con seis empleados, en donde estaban el telegrafista principal y el auxiliar, el cartero y tres guardias de líneas; la burocracia municipal que incluía al alcalde, al secretario, al tesorero y a cuatro gendarmes cívicos (todos con bolillo). En fin, un pueblo como todos aquellos de la Costa, que con su inigualable prosa describió en su extensa obra García Márquez. Porque ese pueblo, Sincé,  también es la cuna del padre del novelista a quien, por lo demás, en las últimas páginas de su libro, Hernández Gamarra reivindica frente a las afirmaciones del biógrafo Gerard Martin.

En su libro, el inglés muestra a Gabriel Eligio García como autor de triquiñuelas, hacedor de experimentos espeluznantes, hombre falto de sentido práctico e “incompetente soñador”. Yo, que tuve la fortuna de conocerlo y charlar con él en varias oportunidades, puedo asegurar que quien ha pasado a la historia como el telegrafista de Aracataca fue de todo menos manejador del alfabeto Morse y donde menos vivió fue en Aracataca. Lo de telegrafista es realismo mágico. Si ejerció la telegrafía, pero por poco tiempo y le sirvió a su hijo, Gabo, para fabular la actividad en la que se desempeñó cuando por los pueblos de la Costa trataba de ubicar el paradero de quien pretendía para ser su esposa: Luisa Márquez. Gabriel Eligio fue un ser extraordinario. Fue poeta, violinista, aprendiz de médico, médico homeópata, soñador, viajero, andariego infinito y padre prolífero (tuvo cerca de catorce hijos, conocidos).

Ese era el pueblo de Hernández Gamarra, que el excontralor describe a lo largo de sus memorias con un lenguaje que no parece de economista. Por el contrario, es muy castizo y  a veces con giros poéticos resultado de sus lecturas de León de Greiff y Neruda. Es muy agradable el libro de Hernández, que publicó la Universidad Nacional. Es su historia, pero también es la de esos costeños que en busca de superación lograban estudiar en esta fría Bogotá y se encontraban, en esa época, con hombres vestidos de negro, con paraguas y sombrero, Eran los años sesenta, cuando la capital comenzó a ser la ciudad de hoy, dejando atrás el Bogotazo, donde los universitarios soñaban con que en nuestro país se repitiera una gesta como la que comandaron Fidel Castro y “el Che” Guevara. Como todos los muchachos de entonces, Hernández Gamarra se dejó la barba, que hoy todavía luce con orgullo, y como era normal concurría a las misas y a los sermones del padre Camilo Torres.

La falta de recursos de la familia de aquellos estudiantes hacía que con mucho sacrificio se creara una solidaridad tal que los mayores ayudaban a los menores y todos seguían el mismo camino, con generosidad. Los padres soñando con ver “doctores” a sus hijos. Así lo cuenta en este libro el excontralor, en donde narra los años que le tocó vivir en frías pensiones estudiando y buscando una ayuda económica que redujera el giro de Sincé y contribuyera a su alimentación bogotana. Es que no resultaba fácil para sus padres sacar adelante a nueve hijos y hacerlos profesionales.

Atrás dejó el Sincé de sus años de escuela, el pueblo que desde cuando hacía parte del Bolívar grande produjo abogados tan importantes y contestatarios como Alfonso Romero Aguirre, abuelo del hoy joven escritor Ricardo Silva Romero, y quien es personaje cierto y de ficción de su novela Historia oficial del amor. Romero no solo fue parlamentario, sino también contralor general de la República y contradictor liberal radical que en los años cuarenta se enfrentó a las “vacas sagradas” de su partido. Y era del mismo caluroso pueblo del otro excontralor.

Fue Hernández buen estudiante —así se trasluce en su relato—, excelente discípulo y amigo del profesor Lauchlin Currie, lo que le permitió iniciar su carrera profesional en la cátedra y vincularse a organismos que por los años sesenta comenzaron a practicar en el país algo que entonces era extraño y que impulsó en su gobierno Carlos Lleras Restrepo, la planeación.

Relata cómo gracias a su educación en la Nacional logró hacer estudios en el exterior, en el Economics Institute en Boulder, Colorado, y luego en Houston, en la Rice University. Allí comenzó su familia con Betzi, su eterna compañera, y nació José, su primer hijo.

Regresó al país para desempeñarse en cargos directivos y académicos en la Universidad Nacional, la Universidad del Valle y la Universidad Externado de Colombia.

En su relato cuenta cómo fueron sus primeras experiencias en cargos de responsabilidad, su desempeño como primer director de la Financiera Eléctrica Nacional, un organismo nuevo que comenzó a facilitar programas de energía eléctrica. Naturalmente esas responsabilidades lo condujeron a tratar con representantes de la clase política y con la burocracia gubernamental, un panorama extraño para quien no se había preparado para esos menesteres porque lo que buscaba, como buen académico, era servirle al país. Cuenta varios episodios de ese trajinar en los cuales siempre actuó con la rectitud que le enseñaron sus mayores. Si, ellos, que desde su lejano pueblo eran sus más fervientes vigilantes, tanto que cuando asumió uno de sus cargos le enviaron, via Telecom, el siguiente mensaje: “Ahora muchos te felicitan y aplauden, pero nosotros solo lo haremos cumplido tu período… si lo has hecho bien y honradamente”.

Llenos de orgullo y satisfechos porque su hijo respondió a las enseñanzas que le inculcaron desde niño, le enviaron por el mismo Telecom, el siguiente mensaje: “Verte salir de la FEN como miembro útil de la sociedad con las manos limpias y la frente en alto para ejemplo de tus hijos y orgullo de quienes te queremos, permítenos enviarte felicitación adeudábamoste. Euclides, Pepa”.

Además, fue gerente de la desaparecida Caja Agraria, ministro de Agricultura, consejero presidencial, miembro de la Junta Directiva del Banco de la República y finalmente contralor general de la República, cargo que desempeñó con lujo de competencia, tanto que se recuerdan varios de sus controles de advertencia, como el que logró frustrar la negociación de Telecom y Telmex y permitió que se hiciera con Telefónica de España, que dio un beneficio mayor al país, de 622 millones de dólares. Otro tanto ocurrió con la explotación de gas de La Guajira, donde se pretendía que a Chevron y Texaco se les rebajaran las regalías del 20 % al 8 %. El contralor Hernández se opuso y Ecopetrol recibió 1600 millones de dólares más.

Buen libro el de Antonio Hernández Gamarra, pero sobre todo, agradable de leer. Lleno de anécdotas y experiencias, al mismo tiempo es un excelente recuerdo de parte de nuestra historia de los últimos sesenta años. Es la demostración de que a base de esfuerzo, consagración y buen desempeño las personas pueden superarse y alcanzar a ser ejemplo de buenos ciudadanos. El país está lleno de muchos ejemplos similares, pero lo único que trasciende en los medios son los casos de aquellos que trasgreden la ley. No obstante, los buenos son más.

AUTOR

Óscar Alarcón Núñez