Escudo de la República de Colombia Escudo de la República de Colombia

La desintegración de Colombia

Ilustración por: Diana Pinzón

Dicha fundación fue el fruto más relevante de la exitosa campaña emprendida ese mismo año por los revolucionarios de los llanos de Apure y Casanare, cuya consecuencia inicial había sido el desplome de la monarquía en el virreinato del Nuevo Reino de Granada. A pesar de las reticencias iniciales, los neogranadinos renunciaron a resucitar la confederación de pequeños Estados provinciales que había existido entre 1811 y 1816, y se plegaron a conformar una extensa República centralista que abarcara el territorio comprendido entre los confines de Guayaquil y los de Cumaná y desde los lindes de la gobernación de Costa Rica hasta el Imperio portugués.

Aquella Colombia consiguió importantes triunfos militares en los actuales territorios de Venezuela, Ecuador, Perú y Bolivia, siendo decisivo su protagonismo en la implantación de un sistema de Estados independientes en Sudamérica. Además, su ejemplo fue de primordial importancia para que los nuevos regímenes adoptaran la forma republicana y no la monárquica-constitucional, que se pensaba eran más congruentes con las restauraciones europeas. No menos importante, Colombia encabezó la pugna por el reconocimiento diplomático de los nuevos Estados hispanoamericanos mediante una intensa y eficaz campaña propagandística.

Por cuestiones de espacio es imposible ahondar en las razones que llevaron a la desintegración de aquel exitoso experimento político. Baste con recordar que a partir de 1826 se desencadenó una grave crisis, como resultado de la combinación de tres factores diversos: 1) los ataques de Simón Bolívar y sus allegados a las instituciones vigentes y su promoción entusiasta de regímenes monocráticos (presidencia vitalicia, dictadura, monarquía constitucional); 2) una aguda crisis fiscal, y 3) el descontento de caraqueños y quiteños con un gobierno sentido como ajeno y distante. Finalmente, Venezuela y Ecuador se declararon independientes en 1830, mientras la Nueva Granada logró esquivar las amenazas de disolución y aun mantener en su seno al Cauca y al istmo de Panamá.

La disolución de la República de Colombia tuvo consecuencias de mucha entidad. En primer lugar, el Ejército, asociado con frecuencia a los venezolanos, disminuyó significativamente su tamaño y su influencia, pues muchos oficiales y soldados fueron expulsados al país vecino por el apoyo que habían prestado a las dictaduras de Simón Bolívar y Rafael Urdaneta. El país se preciaría durante la primera década de su existencia de escapar a una norma que parecía pesar como una condena sobre los nuevos Estados hispanoamericanos, a saber, ser víctimas (como el Ecuador de Juan José Flórez o la Venezuela de José Antonio Páez) del yugo paradójico de los viejos caudillos de la Independencia. Este rasgo antimilitarista fue reforzado por la corta experiencia de la dictadura de José María Melo en 1854, que convenció a muchos liberales y conservadores por igual de la necesidad de extinguir el Ejército o cuando menos de mantenerlo en muy modestas dimensiones.

El país se preciaría durante la primera década de su existencia de escapar a una norma que parecía pesar como una condena sobre los nuevos Estados hispanoamericanos, a saber, ser víctimas (como el Ecuador de Juan José Flórez o la Venezuela de José Antonio Páez) del yugo paradójico de los viejos caudillos de la Independencia.

En segundo lugar, la agresiva política diplomática colombiana fue reemplazada por una tímida presencia internacional de la Nueva Granada, que se resignó a tener durante buena parte del siglo xix contadas legaciones. Mientras que a comienzos de la década de 1820 el gobierno de Bogotá firmó tratados con sus vecinos y con diversas potencias, manteniendo legaciones en las principales capitales americanas y esforzándose por ampliar sus vínculos con los países europeos, la Nueva Granada se resignó a tener un papel deslucido en el extranjero financiando con su maltrecho erario una que otra legación; por lo general, mantuvo la de los Estados Unidos, así como otra en Europa, una tercera en Quito y otra más en Caracas. No obstante, es necesario indicar que las autoridades granadinas fueron consecuentes con la política fijada por sus antecesoras de Colombia de no “comprar” el reconocimiento de España, negándose consistentemente a indemnizar a la antigua metrópoli. Por ello, el nuestro fue uno de los últimos países del continente en trabar relaciones oficiales con ella.

En tercer lugar, la desintegración de Colombia significó la desaparición de los departamentos. Con ese nombre se designó en la década de 1820 a las enormes porciones de territorio en que se dividió la República. Contribuyó mucho a su extinción la mala fama de los funcionarios que los gobernaron con el título de intendentes (o prefectos al final del periodo), puesto que eran en general mirados como un ejemplo acabado de despotismo. La Nueva Granada quedó entonces compuesta por provincias, mucho más pequeñas y cuya cartografía era cercana a la estructura político-administrativa de la Corona. Esta situación perduró hasta 1855-1857, cuando surgieron los ocho Estados que dieron lugar a la Confederación Granadina. Poco después, Tomás Cipriano de Mosquera creó el Estado Soberano del Tolima, con lo que se consolidó una estructura que habría de perdurar hasta el siglo xx, pues al consolidarse la Regeneración aquellas nueve secciones se transformaron en departamentos, pero no cambiaron su identidad territorial.

Venezuela y Ecuador se declararon independientes en 1830, mientras que la Nueva Granada logró esquivar las amenazas de disolución y aun mantener en su seno al Cauca y al istmo de Panamá.

En cuarto y último lugar, la desintegración de Colombia impuso persistentemente en la agenda política de la Nueva Granada, Venezuela y Ecuador el proyecto de resucitar aquella extinta República. En un principio, se pensó que todas tres compondrían una confederación, reservándose todos los asuntos que no fueran diplomáticos. No obstante, el proyecto se frustró, de manera que tan solo a mediados de siglo xix resurgieron tentativas coherentes para rehacer a Colombia. El último artículo de la Constitución de 1853 facultó al Poder Ejecutivo para celebrar tratados con las repúblicas vecinas, con el fin de restablecer la “Unión Colombiana bajo un sistema federal de 15 o más Estados”. Luego de vencer en la guerra civil de 1860 Mosquera retomó la idea, que se frustró por la nominación poco indicada del agente encargado de ventilar el proyecto en Caracas y por una corta guerra con Ecuador. A pesar de ello, perduró el nombre de los Estados Unidos de Colombia con que la Convención de Rionegro bautizó a la antigua Nueva Granada en vista de la anunciada resurrección. Rafael Núñez sancionó el equívoco cuando ratificó la nomenclatura colombiana, suprimiendo únicamente de la designación oficial cuanto aludía al sistema confederal.

AUTOR

Daniel Gutiérrez Ardila

Profesor e investigador del Centro de Estudios en Historia (CEHIS) de la Universidad Externado de Colombia. Historiador de la Universidad Nacional de Colombia y doctor en Historia de la Universidad de París I Panthéon Sorbonne

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