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Anotaciones sobre el futuro de la educación universitaria

Ilustración por: Juan Sebastián Cuestas

Como consecuencia, la institución universitaria enfrenta los retos y las presiones de la educación abierta; la oferta de títulos a distancia; las demandas de formación que privilegian el éxito en los negocios y la administración; la supresión o disminución de las humanidades, las ciencias sociales y las artes, inducida por el actual capitalismo que no las considera de utilidad para sus fines, y la transformación de los métodos de enseñanza y aprendizaje gracias a la inteligencia artificial, la realidad virtual y los grandes volúmenes de datos que exigirán la interacción entre los seres humanos y las máquinas. Sin olvidar la aparición social en el mundo de un malestar y una incertidumbre cuyas consecuencias no están todavía claras.

¿Cómo será la universidad del futuro? ¿Será posible que una institución tan conservadora se transforme para mantener su vigencia, sin perder aquello esencial que le ha permitido sobrevivir durante cerca de un milenio? La universidad es más antigua que el Estado nación, pero su misión futura está siendo cuestionada.

¿Qué debe conservar la universidad ante las presiones de cambio?

Un reciente libro de ensayos advierte que en muchas partes las universidades están siendo obligadas a someterse a cambios impuestos por élites de poder, sin que ello haya sido discutido y sin tener en cuenta qué se está perjudicando o destruyendo (Izak et al.). Los cambios están afectando la naturaleza del trabajo académico, las experiencias de aprendizaje por parte de los estudiantes, la investigación y el proceso para la adquisición de conocimiento, así como la relación de la institución con lo social y los bienes públicos.

Una cuestión central de la educación debería ser la formación para la democracia y el ejercicio de una ciudadanía independiente, responsable e informada, consciente de los procesos sociales y partícipe en el debate político.

Educación abierta, títulos académicos y métodos de enseñanza

En el 2000 el Instituto Tecnológico de Massachusetts (mit) tomó la decisión de aprovechar internet para extender su contribución a la educación y a la difusión del conocimiento mediante la publicación en la red de su material de enseñanza, todo ello sin costo para el usuario. Empezó con cincuenta cursos y hoy está a disposición casi la totalidad, tanto en pregrado como en posgrado. Se incluyen allí notas de clase, problemas, exámenes y videos, con numerosos cursos traducidos a otros idiomas, entre ellos el español (Valencia-Restrepo “La educación”). Veinte años después ha proliferado el empleo de internet para la docencia a distancia y ya se ofrecen toda clase de títulos por parte de muchas universidades, incluso de Colombia. Avanza la educación no formal y los cursos cortos para el desarrollo de capacidades específicas. Hay un aprovechamiento de la flexibilidad para atender demandas concretas y respetar el avance personal de cada estudiante. Se está entonces ante una democratización del conocimiento y de los estudios postsecundarios, algo de veras loable. Ante la multitud de títulos y certificaciones que están apareciendo, algunos de ellos a la carta, es posible que los títulos tradicionales de pregrado y los avanzados de maestría y doctorado pierdan algo del valor de otros tiempos.

Otro atractivo aspecto que propician las nuevas tecnologías se relaciona con las comunidades de aprendizaje sobre determinados temas, en las cuales sus miembros no se limitan a seguir cursos sino que se convierten en agentes activos que comparten conocimientos y se hacen partícipes de la dinámica del mencionado proceso de colaboración en equipo.

La universidad es más antigua que el Estado nación, pero su misión futura está siendo cuestionada.

Ante unas tendencias crecientes e irreversibles, conviene que la universidad aproveche con entusiasmo las facilidades del internet y las nuevas tecnologías, tal como lo viene haciendo en particular con la educación continua, las especializaciones y los diplomados. Sin embargo, son varias las precauciones que la institución debe adoptar.

En primer lugar, es fundamental garantizar la calidad de los títulos que ofrezca a distancia; especialmente, tendrá que ser muy exigente con aquellos relacionados con estudios avanzados, por lo que es deseable que dichos estudios se combinen con algunos encuentros presenciales. La interacción directa entre profesor y discípulo, al igual que la vida social y la convivencia que ofrece el campus, no puede ser sustituida enteramente por las relaciones a distancia.

Un gran esfuerzo será necesario para justificar ante la sociedad los gastos que implica la formación avanzada, en especial la de doctorado. Tendrá que formar auténticos líderes de la investigación, capaces de crear escuela entre sus estudiantes, de integrarse a la comunidad científica nacional e internacional, de estudiar los grandes problemas del país y de establecer una comunicación con su entorno social tan fluida como sea posible.

Suele ser muy aceptable señalar que la universidad debe atender las señales del mercado de trabajo. Pero es necesaria una cautela cuando se trata de demandas muy específicas y a corto plazo, sobre todo ante el cambiante mundo laboral. Es muy difícil que el mercado proporcione las señales a largo plazo que deben ocupar, en gran medida, la formación en los claustros. Y ante la frecuente obsolescencia del conocimiento, es necesario que la institución haga énfasis en elementos básicos que suelen ser más estables como el trabajo en equipo, la capacidad crítica, el aprendizaje autónomo y el estudio de los egresados a lo largo de toda la vida.

Los métodos de enseñanza tradicionales, todavía empleados con increíble persistencia, se han vuelto inútiles frente a las posibilidades de las nuevas tecnologías y ante el rechazo de las nuevas generaciones que desean unos estudios más ágiles y participativos. El profesor suele emplear la mayor parte del tiempo en proporcionar información básica, que puede encontrarse en sitios de calidad en internet o en libros y documentos, de modo que queda poco tiempo para la discusión y la crítica. Es posible que el estudiante adquiera por su cuenta dicha información básica, de modo que en la clase el profesor tenga tiempo para calibrar lo comprendido por los estudiantes y se ocupe de temas críticos, de las grandes síntesis del programa y, sobre todo, de dirigir una discusión con sus alumnos que propicie una cultura del debate argumentado y la crítica.

Las humanidades, las ciencias sociales y las artes

Existe una tendencia internacional, incluso en Colombia, a debilitar o suprimir la formación en humanidades, ciencias sociales y artes en el ámbito universitario, en razón de que ellas no se consideran rentables en un mundo académico que cada vez se orienta más por las señales del mercado, la competitividad en un mundo globalizado y la preparación para el éxito en los negocios. Sin su concurso no será posible formar el ciudadano del que antes se habló. La situación es particularmente preocupante en ciertas disciplinas y profesiones, tal como lo señala una distinguida filósofa de Estados Unidos:

… las materias de ciencia y tecnología se deben impartir con la mayor calidad, pero no debe olvidarse que con la formación en artes y humanidades se pueden adquirir las capacidades de desarrollar un pensamiento crítico, de trascender las lealtades nacionales y afrontar los problemas internacionales como “ciudadanos del mundo” y de imaginar con compasión las dificultades del prójimo. (Nussbaum 26).

Por su parte, la formación artística estimula atributos básicos de utilidad para la vida social y, en particular, también para las profesiones científicas, tecnológicas y administrativas. El estudio y la práctica de actividades como la música, la danza, el cine y el teatro propician el trabajo en equipo, la comunicación con otros y las habilidades creativas y de innovación, todo ello transferible y aplicable a otros campos. A su vez, los talleres de artes visuales permiten entender realidades y relaciones no expresables cuantitativamente o en palabras.

Una cuestión central de la educación debería ser la formación para la democracia y el ejercicio de una ciudadanía independiente, responsable e informada, consciente de los procesos sociales y partícipe en el debate político.

El profesor y la investigación

Tradicionalmente la universidad ha estado centrada en la docencia, pero hoy se acepta que esta deba centrarse en la investigación. Al respecto, ha hecho carrera una crítica según la cual ese énfasis en la investigación está perjudicando la docencia; pero al contrario, esa labor del profesor tiene entre sus fines el enriquecer la docencia. Aquellos profesores que dicen interesarse solo por la docencia tienen delante un espléndido campo de investigación: ocuparse de los métodos de enseñanza y aprendizaje, en particular como tarea urgente estudiar el efecto de internet y las nuevas tecnologías en la calidad de la educación. Es bien curioso que una tarea cotidiana del profesor no reciba la atención que merece. Por todo lo anterior, no tiene sentido hablar del profesor investigador y del profesor docente. El profesor así concebido tiene como tarea adicional vincularse a la extensión, ese importante canal de doble vía que lo comunica con el entorno externo a la institución, y le permite difundir y aplicar sus conocimientos, al mismo tiempo que aprender de esa sociedad a la cual debe servir y rendirle cuentas, sobre todo, en el caso de la universidad pública.

Por otra parte, no es aceptable que algunos profesores descarten el trabajo docente porque su investigación es muy importante, o porque su deseo es solo dictar clases en el posgrado. Los grandes maestros tendrían que vincularse a los primeros semestres de la educación universitaria, cuando se deciden vocaciones y se puede inducir la pasión por el conocimiento y la investigación.

Finalmente, es cuestionable la idea sobre una investigación que solo es objeto de la formación avanzada, en especial de los programas doctorales. Aunque en todos los niveles de la educación hay que fomentar la curiosidad, el estudio del entorno natural y construido, así como el amor por el conocimiento, es fundamental que lo anterior se intensifique en la universidad desde los primeros semestres del pregrado, de modo que paulatinamente se vayan formando los futuros investigadores.

La globalización de la universidad

Se viene acentuando el carácter internacional de la universidad contemporánea, pues así se desprende de tendencias como las siguientes: hace pocos años se señalaba que más de tres millones de estudiantes estaban registrados en universidades fuera de su país de origen, un aumento considerable con respecto a datos anteriores; otra información estima en más de 160 las subsedes abiertas en diversas partes del mundo, sobre todo por grandes universidades, y asimismo crece la educación gratis por internet.

Ha aparecido lo que podría llamarse el capitalismo académico, en el cual el mercado define la relación entre educación y empleo. Ya la educación no se trata como un bien social colectivo sino como un bien individual para el éxito económico personal y como una mercancía del mercado de la educación global. En ese nuevo capitalismo todo gira en torno al lucro que proporcionan las inversiones en capital humano y, en este contexto, se vislumbra ya la aparición de la universidad trasnacional con sentido corporativo (Valencia-Restrepo “La universidad”).

A propósito, mucha resonancia tuvo la renuncia del profesor Marius Reiser a su cátedra en la Universidad Johannes Gutenberg, en Maguncia (Alemania), renuncia explicada en una carta de 2009 publicada por el periódico Frankfurter Allgemeine y cuyo comienzo dice: “Había una vez una institución a la que llamaban universidad”.

Al analizar algunos documentos fundamentales del denominado Proceso de Bolonia de la Unión Europea, Reiser señala que el nuevo sistema se basa en estrategias de marketing, capacidad competitiva, management de las universidades y creación de un espacio económico basado en el conocimiento, y que en ninguna parte se habla del espíritu que exige en sí la formación ni tampoco se reconoce que el conocimiento, el saber y la inteligencia son valores amados y ansiados por sí mismos. Según dicho profesor, la totalidad del proceso.

… está atravesada por el espectro de un triste materialismo y utilitarismo. El estudio es formación profesional: se aprende para un fin determinado, el saber se debe pagar y todo lo demás es tontería esteticista: es esa la filosofía, podríamos decir también, la dogmática, que regula ahora las universidades. (Remolina-Vargas 22).

 


    Bibliografía

    • Iiyoshi, T. y M. S. V. Kumar, eds. Opening up Education. Cambridge: Massachusetts Institute of Technology (mit), 2008.
    • Izak, M. et al., eds. The Future of University Education. Cham, Suiza: Springer Nature, 2017.
    • Nussbaum, M. C. Sin fines de lucro – Por qué la democracia necesita de las humanidades. Buenos Aires: Katz Editores, 2010.
    • Petsko, G. “Save university arts from the bean counters”. Nature, vol. 468, núm. 1003, 2010, www.nature.com/news/2010/101222/full/4681003a.html.
    • Remolina-Vargas, G. (2015). “El docente universitario: profesor y maestro”. Revista de la Universidad de La Salle,núm. 67, pp. 13-30, ciencia.lasalle.edu.co/cgi/viewcontent.cgi.
    • Valencia-Restrepo, D. “La educación abierta”. Viaje del tiempo, 28 de abril de 2009, www.valenciad.com/Columnas/200909.pdf.
    • Valencia-Restrepo, D. “La universidad frente a la globalización”. Viaje del tiempo, 5 de diciembre de 2014, valenciad.com/files/201423.pdf.

    AUTOR

    Darío Valencia Restrepo

    Profesor emérito y doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional de Colombia. Fue rector de la Universidad de Antioquia y rector de la Universidad Nacional de Colombia. Ingeniero civil de la Universidad Nacional de y magíster en Recursos de Agua del Instituto Tecnológico de Massachusetts (Estados Unidos)