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La Universidad Nacional de Colombia: clave en la integración territorial

Ilustración por: Juan Sebastián Cuestas

Un año antes de la fecha de ese ejercicio, en 1903, el infortunado intelectual Adolfo León Gómez, quien sería senador, magistrado, jurista, historiador, periodista y poeta, había escrito con letra temblorosa en su diario lo siguiente:

Nov. 5. Las noticias de Panamá son alarmantísimas. Dícese que han estallado movimientos separatistas y que tropas norteamericanas han desembarcado para apoyar a los revoltosos. Los yankees al fin y al cabo se quedarán con el Istmo. […] Yo estoy entusiasmado y es la primera vez que siento ser casado y con siete hijos, porque de buena gana me iría en el acto para Panamá de simple soldado. (León Gómez. Diario, 1903, manuscrito)

Dos días después, León Gómez escribía: “Yo he volado a casa de mamá a excitar a mi hermano Anselmo a que se vaya a alistar ahora mismo, aunque sea de soldado […] yo estoy desesperado, loco… con lo que pasa en Panamá”. León Gómez era un liberal y un patriota, como lo había sido su bisabuelo José Acevedo y Gómez en la Independencia. Patriotas eran también los familiares y maestros del niño que aprendía a escribir haciendo planas. Patriotas eran los colombianos de esos tiempos. La pérdida de Panamá causó en ellos ira y profundo dolor, sin distingo de clases ni de partidos.

¿Qué quedó en Colombia de esa ira y ese dolor? En 1922 la Nación recibía veinticinco millones de dólares como indemnización —otra vergüenza—, con los cuales creaba el Banco de la República, invertía en puertos y ferrocarriles, y tal vez en algunas otras cosas. Los ferrocarriles desaparecieron saqueados en la segunda mitad del siglo xx y así pasó con casi todo lo demás; hasta ahora, felizmente, se ha salvado el Banco de la República, pero ¿aprendió nuestro país la lección de Panamá? No. El niño bogotano aprendió a escribir garrapateando esa palabra, pero a Colombia se le olvidó Panamá.

Mas hubo ignorancia, mucha ignorancia y total falta de empatía; fue tanto el desprecio que los panameños dejaron de sentirse colombianos.

Desde hace tiempo, el 3 de noviembre carece en absoluto de significado para los colombianos; Panamá se nos olvidó. China no olvidó a Hong Kong y por eso logró la devolución de ese puerto. Egipto tuvo memoria y dignidad y recuperó el Canal del Suez. España no ha olvidado a Gibraltar; no lo ha olvidado ahora ni lo olvidó con Azaña ni con Franco. Como sabemos, Argentina no ha olvidado a las Malvinas ni Venezuela al Esequibo. En cada escuelita de Bolivia, hecha de lodo y paja y perdida en la puna, se lee un letrero que le recuerda a todo niño y adulto boliviano que tiene una historia, que tiene un deber y que es un boliviano; a 4000 m. s. n. m., en cada escuelita boliviana hay un letrero que dice: “¡Al mar!”. En Nicaragua —y esto es algo que han debido tener muy en cuenta los nuevos Marroquín antes de haber tomado las decisiones temerarias que dejaron en entredicho nuestro mar—, para enseñar a los niños la letra “S” del alfabeto se les hacía repetir en 1983: “San Andrés y Serrana son Sandinistas”.  Nuestros abogados, además de saber Derecho, debieran estudiar y comprender la historia; sobre todo, si pretenden gobernar un Estado.

¿Cuál fue la lección de Panamá? La pérdida de Panamá no resultó, como se ha dicho, de la negativa del Congreso a aprobar el tratado Herrán-Hay: en realidad, Colombia nunca se había apropiado verdaderamente de ese territorio que solo era suyo en el derecho y en el mapa; es decir en el papel. No se lo había apropiado intelectualmente; no lo tenía en la mente; no era plenamente consciente de lo que significaba. Estaba bien informada, eso sí, de que los Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Alemania y Rusia, inclusive, se habían interesado en construir allí un canal; les había concedido esa obra a los franceses y había convenido con los norteamericanos la explotación de un ferrocarril, que ya estaba funcionando. Pero los gobernantes colombianos atendían esos negocios sin entusiasmo, salvo en lo que tenía que ver con la pequeña política de cargos burocráticos; por eso pensaron que, desde la distancia e improvisando, podían jugar con esas potencias, las mayores del mundo, como si se tratara de un juego de salón.

Metidos en sus recurrentes guerras civiles y en la politiquería, de la que mucho se quejaba León Gómez en su diario, nuestros miopes políticos veían al istmo como una frontera selvática y distante. Allí se refugiaban rebeldes a quienes ocasionalmente el Gobierno perseguía con el apoyo de mariners; se sucedían los golpes de Estado a las autoridades locales y, sin previo aviso, intervenían buques y tropas estadounidenses para defender su ferrocarril y sus demás intereses. Para esos gobernantes y para muchos otros colombianos con capacidad de decisión, Panamá era una frontera salvaje donde podían languidecer los panameños en la miseria, la ignorancia y la enfermedad. En opinión de presidentes y ministros, era un pedazo de “tierra caliente” que, simplemente, no valía la pena conocer. Quienes conducían al país, como lo demostraría implacablemente la historia, carecían por completo de capacidad para valorar la importancia geoestratégica del istmo y de actuar en consecuencia. Eran enanos en un país que hubiera podido ser gigante.

Dejando de lado la corrupción y la traición de algunos líderes de la revuelta, había razones para que el pueblo panameño estuviera dispuesto a rebelarse a la menor oportunidad. La de Panamá era una población mayoritariamente afrodescendiente, indígena y mestiza. A ese mosaico poblacional, que no se había integrado sino que estaba fragmentado en diferentes grupos, se sumó la migración oriental: muchos chinos habían sido traídos para trabajar como esclavos en la construcción del ferrocarril norteamericano y en el canal que intentó hacer la compañía de Lesseps. Las gentes pobres de Panamá, que eran la enorme mayoría, carecían completamente de servicios básicos; la fiebre amarilla, la malaria y la desnutrición eran endémicas. Con frecuencia estaba presente el cólera. No vislumbraban la posibilidad de superar ese estado de abandono y postración; el camino de la educación pública les estaba negado. Por su parte, las élites que gobernaban la provincia eran principalmente blancas, del interior del país; estaban constituidas por comerciantes y hacendados y, como los potentados del resto de Colombia, eran generalmente racistas. Aunque, en verdad, tampoco los panameños pudientes eran respetados por los señores arrogantes que vivían en Bogotá; tampoco ellos tenían acceso a un Estado que les brindara educación y recursos para vivir como aspiraban. Todo eso tenía que provocar un amargo resentimiento en el pueblo panameño que, por sus contactos con gentes de otros países, era mucho más cosmopolita que las clases altas de otras provincias. La cercanía a esas gentes, a las pobres y a las ricas, por parte de quienes negociaban el istmo, hubiera sido fundamental para que nuestra nación preservara allí su soberanía. Mas hubo ignorancia, mucha ignorancia y total falta de empatía; fue tanto el desprecio que los panameños dejaron de sentirse colombianos.

La soberanía se asienta en el conocimiento y también en el conocimiento se asientan la sensibilidad y la empatía; no hay empatía con quien es ignorado y no se respeta lo que no se comprende.

¿Qué perdió Colombia? Además de “toda una provincia”, como con sorna comentó Theodore Roosevelt, perdió una de las posiciones estratégicas más importantes en el globo.  Además, si el tránsito por el canal resulta ser indispensable para que un buque norteamericano pueda hoy conectar los puertos de Nueva York y San Francisco sin tener que darle la vuelta al continente, lo mismo ocurre con uno colombiano que quiera viajar de Barranquilla a Buenaventura. Con la pérdida de Panamá se desgarró la integridad geoestratégica del país.  Sin embargo, ya nada profundo nos dice la palabra “Panamá”.

Es en este punto donde esa historia olvidada tiene un valor de perpetua advertencia para Colombia y le da un sentido estratégico a su Universidad Nacional. Señala de manera incontrovertible cómo es de importante para un Estado el conocimiento preciso de sus circunstancias, de las de sus gentes y de su propia responsabilidad. La soberanía se asienta en el conocimiento y también en el conocimiento se asientan la sensibilidad y la empatía; no hay empatía con quien es ignorado y no se respeta lo que no se comprende. Las ventajas de una nación pasan a ser sus amenazas cuando esta es incapaz de valorar lo que tiene; cuando carece de una itelligentsia honesta y leal al servicio de su pueblo; una nación es el pueblo junto con su territorio. Fue para ser y formar esa itelligentsia que se fundó y existe la Universidad Nacional de Colombia.

Hoy, y desde hace años, en nuestras fronteras se repite el estado de cosas que determinó la pérdida de Panamá. El país sigue teniendo exclusivas posiciones estratégicas ignoradas o abandonadas. Tiene dos mares, que son dos océanos; las civilizaciones humanas, aun las de las montañas más aisladas, de alguna manera se incubaron en esa retorta de destilación y de mezcla de culturas que ha sido el mar. ¿Qué hace Colombia con su mar? Aparte de algunas embarcaciones de la Armada, ya no hay naves colombianas que lo naveguen. ¿Qué hace el país con las gentes que viven del mar o que habitan en sus ensenadas, o que dependen de sus manglares, de sus salares, del comercio clandestino, multimillonario a veces, pero nacido de la miseria en general?

Para quien haya leído algo de historia y conozca lo que pasa en San Andrés y Providencia, la península de La Guajira, el Andén Pacífico, la Orinoquia, todo en esas regiones hace evocar lo que ocurrió en Panamá. Los sanandresanos desde hace tiempo han organizado movimientos independentistas. Era natural; por años se les prohibió hablar su lengua, se les negó una educación en su cultura, se les discriminó en la propia isla de sus mayores. Y Colombia, con San Andrés (que, según decía un militar, es un portaaviones) todavía flanquea a Panamá. Los Estados Unidos siempre las consideraron una posición importante para una eventual defensa del canal y, si no las ocuparon, fue porque no lo admitieron los sanandresanos. Hoy las islas son base de lanchas rápidas que trafican armas y cocaína. Ante los apetitos extranjeros, esas islas seguirán siendo colombianas solamente si así lo quieren los nativos, pero, por una decisión irresponsable del Gobierno en Bogotá, se ha puesto en entredicho hasta su vida, que es su mar.

Fue a partir de lo que pasaba en San Andrés que la Universidad Nacional comenzó su política de Sedes de Frontera. Un Ministerio de Educación, lúcido en ese momento, le señaló el problema y la estimuló y apoyó cuando la Rectoría presentó la propuesta de crear programas de docencia, investigación y extensión en el territorio insular. Luego la Universidad fundó la sede de Leticia. Ese puerto es el único de Colombia sobre el río Amazonas, el más caudaloso del mundo, en medio de la selva más grande del mundo, con una colosal diversidad de formas de vida y de culturas. Por el Trapecio Amazónico el país ya tuvo que enfrentar una guerra. Esta es otra posición estratégica, ahora amenazada por la depredación ambiental, la narco-producción y la violencia que se ensaña en los indígenas, cuando estos han sido, por siglos, quienes han preservado su riqueza natural con una sabiduría cuyo alcance apenas Occidente comienza a vislumbrar.

…la política de Sedes de Frontera tiene el propósito de tender puentes entre naciones; no de establecer barreras agresivas ni abusivas. Su trabajo en defensa de la soberanía es académico, de cooperación y de paz.

La Universidad también fundó una sede en Arauca, puerta del Orinoco, camino entre el Amazonas y el mar, y lo hizo en la frontera con Venezuela, un país al que estaremos siempre atados por la geografía, por la cultura, por la historia, por la gente; un país con el cual debiéramos tener relaciones de verdadera fraternidad y de respeto de sus políticas internas; un país que jamás nos invadió para robarnos Panamá.

La Universidad Nacional hizo lo mismo en Tumaco y en el Andén Pacífico, región, otra vez, de megadiversidades naturales y culturales, y de miseria, abandono, depredación, expoliación y violencia. Cuna de marinos que, con sus humildes artes tradicionales, se enfrentan al océano para pescar lo que dejan las flotas extranjeras.

Por último, la Universidad se frustró por no poder crear una sede más en La Guajira, cuyo enorme valor estratégico pareciera ser completamente ignorado, como se ignoró el de Panamá. La potencia que controle la península controlará el golfo de Maracaibo y la mayor reserva petrolera del mundo, puesto que desde La Guajira se lo puede cerrar. A pesar de ello, centenares de niños guajiros se mueren de hambre y sed por el abandono y la corrupción. Esta es otra frontera con Venezuela, una frontera que será fatalmente inestable mientras el mar y el petróleo tengan importancia; hoy lo es por una nueva “guerra fría” mundial, cuyos enormes riesgos para la región y para nuestro país son menospreciados con total falta de sentido de historia y de responsabilidad. ¿Cómo defender la soberanía propia si no se respeta la de los vecinos? Al contrario, la política de Sedes de Frontera tiene el propósito de tender puentes entre naciones; no de establecer barreras agresivas ni abusivas. Su trabajo en defensa de la soberanía es académico, de cooperación y de paz.

A las sedes del Caribe, la Amazonia, el Pacífico y la Orinoquia otras directivas universitarias han añadido, con muy buen criterio, tres sedes más de Presencia Nacional. Mucho podrá hacer en beneficio de las fronteras y de la integridad de nuestra patria una Universidad que no hace politiquería, no se roba los recursos, respeta la naturaleza y valora a las gentes sin que importen su ideología, su capacidad económica, su sexo, su etnia ni su color de piel; que asume sus compromisos institucionales como lo manda nuestra Carta Fundamental.

NOTA: El presente artículo incluye algunos textos de “Origen y sentido de las Sedes de Frontera” (Páramo). En esa publicación se encuentran las referencias de la bibliografía utilizada.


Bibliografía

  • León Gómez, A. Diario. Manuscrito.
  • Páramo, Guillermo. “Origen y sentido de las Sedes de Frontera”. Universidad, Cultura y Estado, Colección del Bicentenario, vol. 2/2. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 2017, pp. 136-174.

AUTOR

Guillermo Páramo Rocha

Profesor emérito de la Universidad Nacional de Colombia, donde fue decano de la Facultad de Ciencias Humanas; vicerrector académico y desde noviembre de 1993 a abril de 1997 ejerció como rector. Hizo su pregrado en Sociología en la Universidad Nacional y sus estudios de postgrado en The University of Chicago y en The London School of Economics