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Cosmopolíticas de lo viviente

Ilustración por: Lina Martín

La modernidad naturalizó los conceptos de finanzas, progreso y crecimiento económico, imponiéndolos frente a nuestras nociones de comunidad, supervivencia y vida, que hemos construido durante tanto tiempo. Acelerada por la Revolución Industrial y luego la Revolución Postindustrial, se ha producido una gran ola de violencia planetaria que alimenta a la empresa colonial que se apropia y domina la vida. El hambre de explotación biótica a gran escala, como fuente de riqueza y poder para unos pocos, es un monstruoso ejemplo de imperialismo corporativo que está causando una crisis humanitaria y ambiental sin precedentes.

Todo esto sucede en el contexto de un desarrollo profundamente desigual; desarrollo de la población en general que se ve obstaculizado desde dentro por la distancia de las regiones explotadas. Con la falta de observadores prosperan en el mundo subalterno —en la zona subtropical del planeta donde hoy se encuentra la mayor parte de la biodiversidad—, las actividades ruinosas de los gobiernos y las corporaciones. Las entidades corporativas "acumulan por despojo", como explica David Harvey, dejando atrás contaminación, suelos agotados, bosques talados, aguas envenenadas, animales y pueblos desplazados. Poblaciones enteras se ven obligadas por la violencia y la pobreza a abandonar sus tierras, que son inmediatamente absorbidas por estas operaciones económicas extranjeras que están respaldadas por una inmensa riqueza para presionar y corromper. Sus ganancias inmorales financian mafias y mercenarios.

El Informe de víctimas (2017) del Centro Nacional de Memoria Histórica, señala un total de 7.134.646 desplazados, 983.033 homicidios, 165.927 desapariciones forzadas, 10.237 torturas y 34.814 secuestros, entre otros actos de violencia en el país. Otro informe, The Dark Side of Coal, una publicación de 2014 de PAX, una ONG en Utrecht, Países Bajos, sigue más específicamente la violencia paramilitar en la región del Cesar, en el norte de Colombia. La colusión entre la empresa minera de carbón Drumond Ltda. y el grupo paramilitar Autodefensas Unidas de Colombia  AUC provocó 2600 asesinatos selectivos entre 1996 y 2006, mientras que 59.000 personas fueron desplazadas en la región por una violencia paramilitar más amplia.

Estos actos atroces contra los pueblos indígenas y sus naciones de origen tienen una historia larga y terrible. Por ejemplo, en 1890, año de la Conferencia de Bruselas que se ocupó de la finalización del comercio de esclavos africanos y declaró la intención de "mejorar las condiciones morales y materiales de existencia de las razas nativas", 40.000 boras y huitotos, pueblos de la Amazonia, fueron asesinados por miembros de la Anglo-Peruana Amazon Rubber Company. Esto sucedió en la época de nuestros abuelos y todavía está sucediendo hoy en las selvas y territorios del mundo subalterno.

El Amazonas es la selva tropical más grande de la Tierra. Rica en culturas e idiomas, alberga 370 naciones indígenas y más de 33 millones de personas. El 10 % de la biodiversidad del planeta encuentra su hogar en la Amazonia, y es un ecosistema notable: regulador del clima, purificador del aire, reciclador de dióxido de carbono, fabricante de lluvia, productor de abundante agua. Pero, a pesar de toda su diversidad, de su prodigiosa biomasa de hojas, ramas, troncos y raíces, de un sistema hidrológico que produce aproximadamente el 20 % del agua dulce que llega al océano cada año, ahora, lamentablemente, experimenta extremos violentos. En la última década el Amazonas ha sufrido "la sequía del siglo" dos veces (en los años 2005 y 2010), así como dos inundaciones de igual escala en 2009 y 2012. Las selvas tropicales se están convirtiendo en sabanas, se enfrentan a la deforestación, incendios, inundaciones, cientos de represas en marcha, miles de licencias para explotar oro, coltán, además de una intensa siembra de coca para la producción y el tráfico de drogas. La relación directa de la guerra y el asesinato con la explotación de los recursos naturales es clara e innegable.

En el campo de las fuerzas geofísicas y geopolíticas, las luchas locales por los derechos territoriales y la preservación de la naturaleza tienen un impacto climático global, convirtiéndose en luchas globales por los derechos universales, y nada menos que con la dinámica del sistema terrestre en juego. Ahora, cuando se acaba el tiempo, debemos apresurarnos y acordar nuevos términos para un nuevo contrato social: un tratado de paz con la vida que permita un cambio profundo en nuestra conciencia y una metamorfosis en la que la humanidad refleje lo sagrado, refleje un tiempo concebido por una sabiduría semiótica de la vida. Como Michel Serres dice a su manera simple y profunda en El contrato natural:

Aquellos que vivían en el exterior bajo el clima de la lluvia y el viento, cuyos hábitos formaron culturas duraderas a partir de experiencias locales, los campesinos y los marineros, hace tiempo que han dejado de tener la palabra, si es que alguna vez la tuvieron; somos nosotros los que la detentamos, administradores, periodistas y científicos, todos hombres de corto plazo y de especialidades punta, responsables en parte del cambio global del clima, por haber inventado o propagado medios e instrumentos de intervención poderosos, eficaces, beneficiosos y perjudiciales, incapaces de encontrar soluciones razonables puesto que estamos inmersos en el tiempo breve de nuestros poderes y prisioneros en nuestros estrechos departamentos.

Si existe una polución material, técnica e industrial, que expone el clima, en el sentido de la lluvia y del viento, a riesgos concebibles, también existe una segunda, invisible, que pone en peligro el tiempo que pasa y transcurre, polución cultural que hemos infligido a los pensamientos largos, esos guardianes de la Tierra, de los hombres y de las cosas mismas. Sin luchar contra la segunda, fracasaremos en el combate contra la primera. (57)

Hoy, la desconexión cultural con la vida es evidente en todas partes. Pero no siempre fue así. Precisamente, como dice Serres, " Aquellos que vivían en el exterior bajo el clima de la lluvia y el viento”, los habitantes originales, los pueblos indígenas, los campesinos de todo el planeta vivían en un mundo donde la tierra, el clima, el agua, las plantas, los animales y las estrellas tenían voces, pensamientos, conocimientos y voluntad. Escuchar a todos los seres vivos fue una práctica bien establecida entre las comunidades. Se desarrolló una comunicación compleja a través de un diálogo mutuo en el que los lenguajes mágicos emulaban las voces de la vida para responder, reconocer y nombrarlas a través de un viaje imaginario por territorios: una oratoria interminable para apaciguar incluso fuerzas y maldiciones desastrosas o invocar el poder de curación.

Tendemos a pensar que ahora esas formas están atrofiadas o desaparecidas, pero las antiguas voces aún resuenan en territorios de todo el mundo. No es solo un conocimiento humano, sino más bien y más fuertemente un conocimiento manifestado en todos los seres vivos que habla para recordarnos, para enseñar y compartir los pensamientos a largo plazo de esta sabiduría, con su alegría y dolor. Este es el sentido del tiempo del que habla Serres. Además, estos lenguajes de respeto y recuperación están encarnados en todas partes del mundo vivo, si solo fueran escuchados. Cantan en un complejo código de conciencia y cognición. Un pensamiento, entonces, existe no como una dicotomía que separa a los humanos de los seres vivos que nos rodean, sino como una reciprocidad, un ecosistema en el que pensamos y conocemos a través y con todas las otras entidades vivientes en un cosmos infinito, una complejidad de niveles y estratos, una cadena de diversas formas, seres y sustancias, múltiples dimensiones y tiempos paralelos, malvados y bondadosos, realizados dentro de una noción de vida en tránsito, transformándose y mutando sin descanso. Este continuo de otra inteligencia es un agente que modifica e interviene en nuestra materialidad existente, así como en la esencia sin forma de la vida.

En el campo de las fuerzas geofísicas y geopolíticas, las luchas locales por los derechos territoriales y la preservación de la naturaleza tienen un impacto climático global, convirtiéndose en luchas globales por los derechos universales, y nada menos que con la dinámica del sistema terrestre en juego

Selva jurídica

La poética y la política inscritas en este pensamiento, esta cosmopolítica, son abordadas por las prácticas artísticas y por aquellos de nosotros dedicados a la curaduría. Un ejemplo extraordinario es la colaboración de la artista Ursula Biemann y el arquitecto Pablo Tavares con los pueblos indígenas del Amazonas. Estos pueblos han resistido durante años, defendiendo sus naciones de origen de la explotación imprudente y masiva del petróleo y otros recursos naturales por parte de corporaciones internacionales, como Chevron y su subsidiaria Texaco. Esta despiadada empresa ha causado daños catastróficos al ecosistema de la selva y sus aguas; con ello ha generado una crisis en las comunidades de Sarayaku y muchas otras.

Biemann y Tavares crearon una obra de arte seminal, Selva jurídica (2014), cuyo contenido editorial e instalación de video no solo incluye las voces e historias específicas de los pueblos de la selva y su sabiduría, sino también el conocimiento, la presencia y las fuerzas de todas las formas de vida. El trabajo presenta las historias y el proceso de la larga lucha que han librado estas poblaciones indígenas, entre ellos hay abogados y expertos en las leyes de las sociedades industriales, y han sido acompañados por activistas de derechos humanos y ambientalistas de varias ONG. Juntos han logrado algo notablemente poderoso que beneficiará al planeta: la incorporación de los derechos de la vida al orden jurídico.  Su trabajo subraya la necesidad de actualizar nuestro orden sociogeológico-ambiental. La selva viviente ha sido considerada como carente de derechos en la historia jurídica "civilizada”, en oposición a la tradición del derecho animista que considera que la selva y toda la naturaleza tiene derechos. Ahora todos debemos apoyar esta conversación que honra los derechos que incluyen a la selva y sus habitantes: humanos, plantas, animales (la amplitud y el aliento de la biosfera).

El siguiente texto aparece como una voz en off en la instalación de video de Selva jurídica. Está inspirado en los escritos del antropólogo Eduardo Kohn, quien explora la dinámica semiótica del mundo runa en la selva amazónica. En su libro de 2013, How Forests Think: Towards an Anthropology beyond the Human (Cómo piensan los bosques: hacia una antropología más allá de lo humano), basa su pensamiento en los estudios de una aldea de Kichwa ubicada muy cerca del sitio de investigación de Biemann y Tavares en las tierras bajas.

El bosque vive y piensa. Los humanos no somos los únicos en capacidad para interpretar el mundo. Todos los seres vivos lo hacen. Continuamente interpretan y representan el mundo que habitan. La vida es semiótica. Los seres vivos son producto del proceso evolutivo para adaptarse a sus entornos. Se trata de un aspecto intrínseco de todos los procesos biológicos que estructuran y dan forma al ecosistema tropical.

Todos los seres vivos piensan. Sus formas es el resultado de un pasado acumulativo y asimismo una predicción de lo que probablemente devendrá de ser. Son conjeturas materializadas de lo que el futuro nos depara. Toda semiótica, a medida que crece y vive, crea futuros. Los seres vivos no están firmemente asentados en el presente, van naciendo con el fluir del tiempo. No es el pasado lo único que afecta al presente; también los futuros influyen en él. El bosque es una vasta ecología de seres pensantes engendradora de futuros. (p. 68)

Trabajos como Selva jurídica expresan un compromiso con una visión de gestión ética crucial para un tema tan trascendente como es el de la capacidad y la voluntad de los pueblos indígenas y los campesinos locales para gobernar sus tierras, y la necesidad más amplia de respetar y preservar vastas zonas estratégicas del ecosistema planetario que no podemos arriesgar y seguir derrochando. Las heridas en la tierra han hecho del mundo una metamorfosis catastrófica. Para enfrentar esta "metamorfosis del mundo", como la nombra y analiza sistemáticamente el destacado sociólogo alemán Ulrich Beck, se requiere un enorme ejercicio de imaginación. Beck acuñó el término "sociedad de riesgos", pues lo que debemos atender ahora es, precisamente, la evaluación y el control de riesgos, prohibiendo la explotación de diversos recursos naturales, el desenvolvimiento de mecanismos dañinos, mientras se enfrentan los problemas de las aguas, el aire o las tierras comunes. El objetivo es nada menos que la garantía del equilibrio y la compensación por los daños sufridos a causa del capitalismo global.

El reconocimiento de los artistas del conocimiento nativo no es frecuente, de hecho, generalmente este conocimiento es ignorado por el establecimiento internacional. Sin embargo, los métodos de trabajo como investigadores, artistas y activistas nos ofrecen un estándar en esta lucha de profundas implicaciones planetarias.

Biemann y Tavares se centran en el empoderamiento de los líderes indígenas, que interactúan de manera autónoma con agencias y corporaciones locales e internacionales. El reconocimiento de los artistas del conocimiento nativo no es frecuente, de hecho, generalmente este conocimiento es ignorado por el establecimiento internacional. Sin embargo, los métodos de trabajo como investigadores, artistas y activistas nos ofrecen un estándar en esta lucha de profundas implicaciones planetarias. Lo que afirma el trabajo de Biemann y Tavares es que después de siglos de opresión y subordinación sobre los pueblos y las tierras ricas, las nuevas formas de gobernanza y autocontrol deben abordarse mediante procesos legales, así como también deben abordarse a través de la agencia de la cultura, a través de la fascinación del arte y sus prácticas simbólicas que, como nos muestra Selva jurídica, despliegan los poderes evocadores de la empatía impulsada por la dualidad entre realidad e imaginación.

El apoyo institucional es crucial para que este mandato se haga realidad. Los museos de arte y las instituciones culturales necesitan establecer proyectos transdisciplinarios con equipos interdisciplinarios para el trabajo colaborativo con el fin de presentar, convincentemente, lo que se le ha hecho a las tierras y a los pueblos indígenas, y determinar las formas en que las prácticas creativas pueden reinventar el mundo, pueden producir una metamorfosis inversa si así lo queremos.

Los líderes de proyectos curatoriales tampoco deberíamos esperar que los artistas hagan el trabajo solos. Nuestras instituciones deben enfocar estrategias de financiamiento a largo plazo para este trabajo crucial: llevar a cabo la investigación y los estudios de campo requeridos, documentar y establecer archivos, suscribir comisiones de artistas, montar estos proyectos de sueños, pesadillas y memorias. Nada de esto tendrá un impacto duradero sin alianzas a largo plazo para el intercambio continuo de información, asesoramiento y aprendizaje con otras instituciones y actores involucrados en la política ecológica, las ciencias naturales, los estudios ambientales, los derechos humanos, los estudios culturales, la economía y el derecho, entre muchos otros. En otras palabras, una ecología de conocimientos que conforme, en su alcance, una defensa cosmopolítica en el enraizamiento y la sabiduría de las comunidades de seres vivos en peligro de extinción.

Como curadores que trabajamos con artistas, debemos prestar mayor atención para subvertir la explotación por parte de gobiernos y corporaciones, al expresar una ética del cuidado a través del lenguaje intuitivo, incluso onírico, de las prácticas artísticas que también hablan de las necesidades racionales de un planeta en peligro. Como dice el historiador del arte T. J. Demos en Descolonizar la naturaleza: Arte contemporáneo y políticas de la ecología:

Estoy convencido de que el arte, dada su larga historia de experimentación, de invención imaginativa y de pensamiento radical, puede desempeñar un papel transformador fundamental. En su sentido más ambicioso y vasto, el arte contiene la promesa de hacer realidad precisamente este tipo de cambios creativos, filosóficos y perceptivos, aportando maneras inéditas de nosotros mismos y de nuestra relación con el mundo más allá de las tradiciones destructivas de la colonización de la naturaleza. (24)

Por supuesto, los resultados de este trabajo artístico y curatorial deben ser tan diversos como el propio equipo que los ha alcanzado. Dichos resultados no solamente se expresan en exposiciones, sino en un programa amplio y flexible que abarca comisiones, publicaciones, proyectos basados ​​en la web, incluso aplicaciones que emplean el juego como un medio para las reflexiones y acciones cosmopolíticas en las que se exploren los sistemas bióticos y las experiencias compartidas que conduzcan a una revisión de la visión planetaria, hacia una globalidad radicalmente alterada. Tal diversidad de expresiones involucrará a una diversidad de espectadores que aborden estos temas desde diferentes perspectivas y con diferentes edades (tal vez personas que escasamente visitan museos e instituciones culturales); hacia la comprensión del problema y el objetivo superior de la participación activista en la búsqueda de sus soluciones. El arte en sí no es activismo, o al menos no es solamente activismo, pero puede acercarse, puede impulsarnos hacia adelante y esto, desde la perspectiva curatorial que habito, es un acto de agencia en la búsqueda de la vida misma y su preservación.


Bibliografía

  • Biemann, U., Tavares, P. Forest Law – Selva jurídica. Eli and Edythe Broad Art Museum, Michigan State University, 2014.
  • Centro Nacional de Memoria Histórica. Informe de víctimas. Bogotá: CNMH, 2017.
  • Demos, T. J. Descolonizar la naturaleza: Arte contemporáneo y políticas de la ecología. Madrid: Akal, 2020.
  • Kohn, E. How Forests Think: Towards an Anthropology beyond the Human. Berkeley: University of California Press, 2013.
  • PAX. The Dark Side of Coal. Utrecht: PAX, The Netherlands, 2014.
  • Serres, Michel. El contrato natural. Valencia: Pre-textos, 1991.

AUTOR

María Belén Saéz de Ibarra

Abogada de la Pontificía Universidad Javeriana con maestría en Asuntos Internacionales de la School of Oriental and African Studies y en Planeación y Políticas Artísticas del Birbeck College, ambas de la Universidad de Londres. Curadora de arte y gestora cultural. Desde 2007 está a la cabeza de la Dirección de Patrimonio Cultural de la Universidad Nacional de Colombia. Es miembro del Comité de Artes del Banco de la República de Colombia y del espacio de arte y memoria Fragmentos