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La incertidumbre, oportunidad para cambiar el mundo

Los científicos en todo el mundo están de acuerdo con que la amenaza viral que enfrentamos en la actualidad se alimenta, precisamente, de nuestra forma de vida. La depredación medioambiental ha provocado una reducción sustancial del hábitat de los animales salvajes y, por tanto, el virus ha podido propagarse mediante saltos zoonóticos que van de los animales a los humanos por la inevitable cercanía entre especies. A pesar de la vacunación y la investigación en medicamentos para superar la crisis de salud, es probable que nunca derrotemos por completo a la covid-19. Tendremos que aprender a convivir con este virus en particular y con los próximos que aparezcan.

Este tipo de coronavirus nos presenta una razón más para reflexionar y poner a prueba nuestra forma de vida. Debemos reajustar nuestra actual concepción de mundo y modificar el modo cómo nos relacionamos con los otros y con el planeta. Solo somos una de las más de nueve millones de especies de seres vivos que cohabitan en la Tierra. No podemos seguir siendo tan malos vecinos.

Vivimos en medio de una compulsión hacia el incremento y la acumulación ambiciosa y desmedida sin fin. Nuestra forma de vida entabla una relación problemática y hasta patológica con el mundo. El crecimiento económico infinito al que aspiramos no es racional si tenemos en cuenta los límites planetarios y los límites de nuestras propias vidas. Esta compulsión nos ha llevado a las diversas crisis globales que hoy acentúan la pandemia: crisis económica, crisis de la democracia, crisis ecológica, crisis en la salud física y mental de las personas y, en definitiva, una profunda crisis social.

La pandemia ha puesto frente a nuestras caras lo que ya antes era inocultable, la gran inequidad, desigualdad, exclusión, discriminación y marginación que atraviesa al mundo entero y que en nuestra región se ha convertido, para la mayoría, en un sino trágico de supervivencia con los mínimos vitales, sociales y de dignidad como personas.

En América Latina y el Caribe la covid-19, particularmente, ha actuado como catalizadora de la desigualdad extendida en nuestras naciones. Hoy, a pesar del recrudecimiento de la pandemia en Colombia, por ejemplo, la población sale a las calles obligada por la crisis de insolidaridad, falta de oportunidades y violencia que el Estado no ha atendido adecuadamente en varias décadas, por no haber planeado y construido, decididamente, un escenario de futuro de nación como un proyecto para todos con inclusión, equidad y paz.

Nuestra responsabilidad con nosotros, con las próximas generaciones y con los demás habitantes de este planeta, tiene que ver con la búsqueda e implementación de soluciones proactivas, creativas, cooperativas y éticas para construir un futuro deseable.

Debemos, entonces, cuestionar muchas certezas y situarnos en el espacio incómodo, pero fructífero, de la incertidumbre que nos permitirá crecer, ya no en la acumulación, sino como mejores seres humanos y mejores vecinos de un planeta con límites; crecer en libertad, creatividad y solidaridad para ser felices en comunidad.

Todos mis años de trabajo en la ciencia me han permitido saber que la incertidumbre es nuestra mayor oportunidad. Pues la generación y la gestión del conocimiento fructifican gracias a las situaciones de no certeza. La creatividad es más potente y las posibilidades de la realidad más diversas cuando la incertidumbre nos impulsa a innovar.

Estoy convencida de que el liderazgo colectivo que se ejerce en la gestión del conocimiento es la oportunidad para cambiar nuestra forma de ver el mundo y de relacionarnos con los demás y con la naturaleza. Es a partir de la educación de calidad, de la generación y gestión de conocimiento y de la cooperación, desde donde debemos entablar una nueva conversación como seres humanos que buscan superar juntos las crisis.

Las universidades debemos ser líderes en este proyecto de la nueva concepción de mundo, con el fin de que la incertidumbre incentive la cooperación, la empatía y la solidaridad para lograr un bienestar colaborativo, un bienestar incluyente que enriquezca nuestras vidas como ciudadanos que participan en la construcción de la comunidad y fomentan una forma de vida sustentable y respetuosa con los demás habitantes del planeta.

El quehacer de nuestras universidades debe fundamentarse en una visión de futuro delineada por la búsqueda de la armonía entre cada uno de nosotros, como ciudadanos responsables, comprometidos con la transformación ética de nuestra realidad. También debemos buscar esa armonía entre todos y el planeta para que, como especie, seamos capaces de vivir en ambientes plenos de sensibilidad, conexión creativa y comunidad.

La universidad, promotora de la unidad nacional a partir de su diversidad, debe gestionar las convergencias necesarias para construir una mejor sociedad.

Ante los retos del mundo contemporáneo ¿qué debemos cambiar para seguir cumpliendo? Debemos impulsar, por medio de la educación y la generación y la gestión del conocimiento, cambios culturales que potencien las capacidades de liderazgo colectivo y transformador de las personas. Estos cambios culturales pasan por acciones y procesos en los órdenes interno y externo en nuestras instituciones, encaminados a mejorar los flujos de comunicación y creación dentro de la comunidad universitaria y fortalecer nuestra capacidad para relacionarnos con el entorno. Algunos aspectos centrales de estos cambios culturales son:

Modelo intersedes de la universidad como apuesta por la equidad y la excelencia. Cada una de las sedes de las universidades, al compartir y sumar sus experiencias, es un canal por el que circula la fortaleza del conocimiento integral, en todas sus áreas, para contribuir a la unión de cada región con la nación a partir del reconocimiento de la riqueza de la diversidad biológica y cultural que caracteriza a los territorios.

Liderazgo académico nacional en un entorno global. Este debe permitirle a la universidad mantener y fortalecer su incidencia en la transformación social de cada país. A través de un liderazgo colectivo y transformador debemos continuar aportando a los sistemas nacionales de educación, de ciencia, tecnología, de innovación y de competitividad, aunando esfuerzos con las demás instituciones de educación superior.

Soy consciente de que una apuesta por nuestra región y por la consolidación de programas y estrategias de cooperación e intercambio de conocimiento es central para la construcción de una identidad latinoamericana y del Caribe, que nos permitirá conformar una nueva visión de mundo y superar los retos comunes de nuestras naciones. Así, debemos mantener nuestro compromiso con la construcción y consolidación de la Unión de Universidades de América Latina y el Caribe (Udual).

La transformación digital institucional. Constituye un proceso de cambio cultural en el que la tecnología es apenas una herramienta para emprender innovaciones pedagógicas y de investigación y cambios fundamentales en la forma como la universidad se relaciona con los territorios de su país y con el mundo. La transformación digital nos permite consolidar formas de organización más descentralizadas, flexibles y livianas, tomar decisiones de formas más horizontales y democráticas, y acceder a modos de trabajo por procesos más eficientes y efectivos.

Un modelo académico para la formación integral. Teniendo en cuenta la permanente autoevaluación de nuestras instituciones y las necesidades contemporáneas de la formación en competencias comunicativas, afectivas, de pensamiento crítico y de razonamiento lógico-matemático, debemos garantizar en todos los programas académicos el desarrollo integral de actitudes ciudadanas y aptitudes cognitivas. Debe aplicarse un nuevo modelo en el marco de la armonización de las funciones misionales de docencia, investigación y trabajo con las comunidades, asumiendo el concepto de “campus como aulas” en el que el conjunto de experiencias universitarias, con un currículo abierto y flexible, contribuya a la formación integral de los estudiantes.

La pandemia nos ha entregado muchas y muy diversas lecciones en torno al aprendizaje dentro de las universidades. Reconocemos el vacío que nos ha dejado el alejamiento de nuestros espacios físicos y aquella invaluable forma de compartir con los demás. El valor de la experiencia presencial en el aprendizaje es indiscutible. Pero, debemos adaptarnos e integrar en nuestra concepción de universidad lo mejor de los dos mundos: el de lo virtual y el presencial, pues estos espacios se deben expandir hacia campus híbridos de conocimiento y vivencia universitaria. En esta nueva concepción de campus la conectividad tecnológica nos permitirá extendernos hacia una mayor y mejor conectividad cognitiva y emocional entre nosotros, como comunidades universitarias, y entre estas, la sociedad y la naturaleza.

La reconceptualización del bienestar como parte de la formación integral. Debemos asumir al bienestar universitario como el escenario para la construcción de las mejores condiciones de desarrollo académico y desarrollo humano. Ello implica, entre otras cosas, proponer nuevos referentes de participación, impulsar el liderazgo colectivo, superar las violencias sexuales y de género, y todo tipo de discriminación. Un bienestar integral debe ser garantía del buen ser, el bien hacer y el buen vivir en comunidad.

En conjunto, este gran cambio cultural busca transformar nuestra manera de relacionarnos entre nosotros y con el mundo, busca reconocernos en nuestra humanidad como seres que necesitan del ambiente y la vida en comunidad, seres enamorados del conocimiento y el aprendizaje, seres que florecen gracias a que prosperan sus entornos natural y cultural, seres conscientes de los límites de nuestro hogar planetario, que salvaguardan el interés común de todas las especies que habitamos en este mundo.

Así, estoy segura de que la convergencia, gracias a la gestión del conocimiento generado y compartido en las ciencias y las humanidades, las artes y las tecnologías, la política y la ecología nos conducirá hacia nuevas maneras de comprendernos como seres interdependientes, trenzados con el destino de los demás. Mediante la convergencia en el conocimiento debemos identificar lo que nos une y construir sistemas de solidaridad para abrirnos a futuros más vivibles.

No podemos salir de la pandemia sin haber aprendido lo más importante: debemos cambiar la forma como sentimos el mundo, como lo vemos y como nos sentimos en él, para que el mundo cambie y reviva por el bien de todos los que estamos y estarán aquí.

AUTOR

Dolly Montoya Castaño

Actualmente es la rectora de la Universidad Nacional de Colombia y a su vez Presidente de la Unión de Universidades de América Latina y el Caribe. Profesora Titular de la Universidad Nacional de Colombia y cofundadora del Instituto de Biotecnología de la misma institución. Es doctora de la Universidad Técnica de Múnich, (Alemania) en Ciencias Naturales con énfasis en estudios moleculares de biodiversidad y evaluación de su potencial biotecnológico.

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